Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Es inútil

HE de confesar que me he quedado sin palabras y que estoy braceando en medio de una confusión absoluta. A ver, ¿se puede escribir un artículo inteligente sobre el festival de Eurovisión? Y si no expresamente inteligente ¿al menos intuitivo? ¿Acaso original? La respuesta es no. ¿Se puede extraer una reflexión perspicaz de lo absolutamente banal? Hay quien cree que sí, que pese a lo trillado del asunto y los lugares comunes que inspira desde hace muchas décadas el certamen auspiciado por las televisiones públicas europeas, y de la muchedumbre de opiniones vertidas sobre el representante español en los más diversos formatos y tonos, cabe aportar un punto de vista relativamente diferente o inédito, un matiz ingenioso o un ataque expresado con una virulencia nunca vista.

Incluso hay quien considera que se puede escribir sobre Eurovisión sin perder la dignidad, siempre que no verse directamente sobre el certamen, sino sobre sus consecuencias, es decir, sobre las implicaciones psicológicas o sociológicas que arrastra el fenómeno. Pero ¿no es ésta una faceta también agotada por los cientos de sociólogos y analistas de la estupefacción que se lanzan cada día, feroces, dispuestos a descuartizar, trizar y reducir a granos de materia sociológica cualquier asunto asombroso? Más o menos.

Todas las posturas sobre Eurovisión pecan de insuficiencia. Es insuficiente y banal la posición de quienes, en nombre del ocio, el humor o la holgazanería consideran dignísimo o festivamente neutro que un payaso represente a España. Es banal la postura de quienes apelan al ridículo como un valor en alza que hay que cultivar para escarmentar a la ridiculez misma. Es débil la tesis de quienes rechazan con indignación las pompas histriónicas del Chiki Chiki apelando a la memoria histórica de Gwendoline, La, la, la o Canta y sé feliz Es parcial la tesis de quienes se oponen enfurecidamente al certamen porque lo consideran indigno de una televisión pública olvidando que RTVE se metió en el bolsillo de las audiencias 14 millones de espectadores (¡que ya es gente!). Es inútil incluso arremeter contra el Instituto Cervantes en Belgrado por prestar su prestigio a la payasada (posible explicación: su directora, Carmen Caffarell, lo fue antes de RTVE).

No, ríndanse, no hay una posición absoluta para denostar o alabar semejante acontecimiento. Lo más sensato es enmudecer de asombro, de ridículo, de estupefacción, de risa, de asco, de melancolía, etcétera. De todo a la vez. Hay obras humanas que nos superan. Incluso el exilio, ay, es inútil. Y no digamos el suicidio. No hagan nada, no se muevan. Todo es mostrenco.

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