Por montera

Mariló Montero

Los jefes también lloran

VER llorar en público a un jefe es poco frecuente. Pero hay jefes que, a pesar de intentar contener su emoción en un momento delicado, también lloran ante sus empleados. En mi opinión, delatar con lágrimas la intensidad del momento no destruye su autoridad. Antes al contrario, aumenta su credibilidad.

Al parecer, las lágrimas vertidas en público por varios hombres de rotunda notoriedad social ha provocado el interés por saber si el paso de los años ha transformado las emociones de los hombres. Lloró el ministro de Fomento, José Blanco, durante un homenaje a los tripulantes fallecidos en el accidente de un helicóptero de Salvamento Marítimo. Lloró Pepe Guardiola tras ganar su equipo el Mundial de clubes en diciembre. Se suman a la lista los bomberos españoles, que lloraron después de rescatar con vida a un niño tras el terremoto de Haití. Bush lloró en el homenaje a los caídos en combate celebrado en 2008 y el Rey Juan Carlos en el funeral de su padre. Recuerden al tenista Federer cuando perdió el gran premio ante nuestro Rafa Nadal, quien estuvo más pendiente de consolar a su rival que de levantar la codiciada ensaladera. Podrían ser más numerosas las escenas emotivas protagonizadas por mujeres, ya que en cuanto se refiere al cerebro emocional son marcadas las diferencias entre hembras y varones.

Los niños lloran antes por la inmadurez de los mecanismos que controlan la activación de estas respuestas. El cerebro emocional de los hombres es diferente al de las mujeres, en los cuales, según varios estudios, también interviene la educación recibida y el contexto. En las féminas, el grado de reacción emocional es mayor, por lo que afecta más, tanto en lo positivo como en lo negativo. Todo esto lo dicen el catedrático en Psicología Ignacio Morgado y la psiquiatra y neurocientífica Xaro Sánchez, quien añade que las personas con una gran empatía tienden a emocionarse, mientras que quienes tienen inteligencia emocional gestionan mejor sus sentimientos.

Pienso que debe depender del motivo que causa las lágrimas. En el caso del ministro, su emoción sorprendió al venir de un hombre que ha demostrado su habilidad por ser muy frío y perverso en su dialéctica política. En el de Guardiola, empatizas con sus lágrimas vinculadas al esfuerzo y un buen proyecto; y con el Rey, porque, por muy rey que sea, perdió a su padre. Esas lágrimas contagian la emoción. El motivo hace que creamos que en ellas hay sinceridad. Las de Bush generan más dudas y empatizan en menor medida por su soberbia; y en Federer emocionó ver a un titán del tenis convertido en un bebé consolado por otro bebé, que renunció, con tremenda generosidad, a lucir su triunfo ante el caído.

No hace mucho, yo también he presenciado cómo un jefe lloraba en público a pesar del esfuerzo y la preparación psicológica previa a su discurso, que terminó por quebrar su voz. Pero su labor profesional está por encima de cualquier duda sobre la debilidad asociada a las lágrimas. Los jefes también lloran y eso, lejos de mostrar su debilidad, les dignifica.

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