Los ciriales

José / Joaquín / Gómez

¿Dónde están los jóvenes?

LA eclosión que vivieron nuestras cofradías en los años ochenta ha iniciado un claro decaimiento y ello ha supuesto un descenso de la presencia de los jóvenes en la vida cotidiana de las mismas.

Jóvenes hay, pero ¿para qué hay jóvenes?

Hay jóvenes a la hora de limpiar la plata, de vestirse de librea, de acólitos y de costaleros. Pero ¿dónde están los jóvenes cuando hay algún acto de formación, una convivencia o, incluso, dónde están los jóvenes los días de culto? Este problema es quizá menos grave en el seno de nuestras hermandades, porque, al menos están; lo grave es cuando acudimos a las iglesias y comprobamos que a misa acuden más mujeres que hombres, más mayores que adultos y la presencia de jóvenes se cuenta con los dedos de una mano y sobran.

El descenso del número no es nada extraño a la vista de la última encuesta publicada por la Fundación Santa María, donde por primera vez menos de la mitad de los jóvenes españoles se consideran católicos (el 49 por ciento cuando hace diez años era el 77 por ciento), un 28 por ciento se dice ateo o agnóstico y un 18 por ciento indiferente. En 1994 los ateos, agnósticos e indiferentes apenas llegaban al 22 por ciento y ahora llegan al 46 por ciento; y para más inri, la Iglesia Católica es hoy la institución que menos prestigio tiene para la juventud.

Hace pocos días leíamos un titular en la prensa, según el cual el 88 por ciento de los alumnos de Sevilla se matricularon en religión; dato este que podría entrar en contradicción con los que acabamos de exponer. Pero no hay mayor mentira que una verdad a medias, en la letra chica leíamos que en los centros de enseñanza pública cursan en estos momentos la asignatura de religión un 93,4 por ciento de educación infantil; en educación primaria el 91,7 por ciento; en secundaria un 61,94 por ciento y en bachillerato un 49,86 por ciento. Menos mal que no existen datos de la población universitaria.

Algo está fallando, y el fallo no está sólo en nuestras cofradías, pero no por ello podemos permanecer con los brazos cruzados ante tan alarmante situación. Los cofrades tenemos que tomar conciencia de que en los jóvenes descansa la garantía de nuestro futuro; del futuro de nuestras hermandades y, de lo que es mucho más importante, de la propia Iglesia.

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