Crónica personal

Alejandro V. García

7.000 lenguas

ME parece normal que en las escuelas oficiales de idiomas de Andalucía se enseñe el gallego, el euskera y el catalán. Es más, no me habría extrañado que formaran parte del programa desde hace años. En otras comunidades como Madrid, Castilla y León, Valencia y Navarra (por citar las gobernadas por el Partido Popular) se estudian con plena naturalidad desde hace años. A mí no me importaría, si dispusiera de tiempo, aprender una de estas lenguas, no para un fin práctico determinado, sino por alimentar el vicio del conocimiento. Hace años, con ayuda de un diccionario y alguna paciencia, leí varios libros en gallego de don Álvaro Cunqueiro. Un placer.

El problema es que para el notable sector que cultiva la fobia contra los tres idiomas vernáculos, el catalán, el gallego o el euskera son un síntoma de energía disgregadora. Para qué nos vamos a engañar: hay quien cree que el catalán es el idioma secreto en que hablan los componentes de la siniestra (por izquierdista) cofradía del tripartito o una herramienta de percusión para erosionar la unidad de la patria. Es lógico, por tanto, que interpreten la inclusión del catalán o el euskera en los planes de enseñanza de los escuelas de idiomas como un reto político o un contubernio separatista.

De hecho, Javier Arenas ha replicado al planteamiento socialista de un modo inequívoco: "No he conocido una propuesta que suponga una mayor coartada para los nacionalismos". Es decir, la enseñanza del catalán es una excusa para poner en práctica una estrategia desestabilizadora. El juicio de Arenas no es limpio sino viciado por una subjetividad que considera los idiomas cooficiales como potenciales armas disolventes en manos enemigas.

Claro que también cabe preguntarse si la decisión de Manuel Chaves de incluir dentro del programa electoral socialista la incorporación de las lenguas citadas es una medida estrictamente lingüística o tiene una intención desafiante hacia la derecha. En este sentido, es ilustrador que la iniciativa en vez de ser abordada en la práctica diaria de gobierno se haya incluido en el programa electoral. ¿Era necesario elevar a promesa política la inclusión del catalán, el gallego y el euskera en la enseñanza?

En cualquier caso es inquietante, y un síntoma de mala salud política, las implicaciones perversas que arrastra la mera enunciación de alguno de los idiomas cooficiales. Un mal síntoma en un año, éste, que ha sido declarado por la Unesco como el Año Internacional de los Idiomas. Desde la estridente subjetividad política española, cuesta trabajo reconocer que en el mundo cohabitan 7.000 lenguas y la mitad corren peligro de desaparecer.

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