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Rafael Padilla

Fuera de límites

EN este mundo global y frívolo, tan informado de lo anecdótico, los mayores escándalos suelen derivar de historias menores, de peripecias más o menos desafortunadas e íntimas de los llamados "personajes públicos", ese grupito de elegidos cuya vidas hemos hecho nuestras y sobre las que nos sentimos con derecho a saberlo y enjuiciarlo todo. Ya me desconcierta que la sensibilidad colectiva se muestre tan irritable ante circunstancias francamente ajenas y, al tiempo, ignore otras que, por su importancia, deberían alentar permanentemente su -esta vez sí- justísima indignación. Pero todavía me extraña y me decepciona más la falta de pudor con la que nos inmiscuimos en las cosas del prójimo, diseccionamos sus miserias, afeamos hipócritamente sus errores y le entregamos, con premura y crueldad, al escarnio público.

Les supongo conocedores de las desventuras de Tiger Woods, quizá el mejor jugador que haya pisado un campo de golf, elegante, preciso y perfecto. Al bueno de Tiger, como consecuencia de sus muchas y confesadas infidelidades conyugales, se le ha desplomado su universo encima. De héroe a villano en cuestión de días. De deportista ejemplar a blanco de insultos y descalificaciones inmisericordes de una sociedad -la norteamericana, aunque también la nuestra- que no perdona las flaquezas de sus mitos. Hasta el punto de que se ha visto forzado a abandonar indefinidamente su carrera y a suplicar la comprensión de seguidores y rivales. La huida de patrocinadores, la alegría no siempre contenida de algunos compañeros y el alivio general de esa mezquina envidia que provocan su fama y su excelencia son resultados derivados de tan "abominables delitos" privados.

No ha sido desde luego el primero. Kobe Bryant, el inefable Maradona, Romario y su harén y, en otros sectores, políticos como Ted Kennedy, Gary Hart o Bill Clinton o celebridades varias como Hugh Grant o Kate Moss -por no citar el elenco de plantilla de nuestro abarrotado basurero televisivo- le han precedido en la singular pirueta de ser lapidados no por hacer mal su trabajo, sino por defraudar la conducta personal inmaculada que a ellos se les supone y, paradójicamente, de ellos se exige.

Un disparate, a mi criterio, en el que no estoy dispuesto a colaborar. Porque me situaría fuera de límites, porque jamás les reconocí como modelos morales -tengo otros e infinitamente superiores-, porque no me atormentan sus logros ni sus riquezas y en cambio me deslumbran, aprovechan y divierten sus talentos y, al cabo, porque me enseñaron a no juzgar para no ser juzgado, no seré yo quien confunda ámbitos, méritos y deméritos.

Pues eso, que al gran Tiger le deseo que solucione rápido y bien lo que sólo a él le incumbe. Con la esperanza, tal vez egoísta, de seguir disfrutando de cuanto en realidad le hace genial, admirable y maravillosamente único.

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