Cinco hombres de veintitantos que, de camino a Pamplona con un utilitario negro con caballaje excesivo, con voluntad de emborracharse y aberrarse y follarse a lo que sea en una fiesta de esas populares y masivas que anestesian la belleza de las relaciones, son un comando del daño. La manada de cinco sevillanos que presuntamente violó en grupo a una chica de apenas dieciocho en los Sanfermines del año pasado está en la picota. La Justicia dirá qué será de ellos en los próximos años; ya muchos han dictaminado, y muchas. Si sirve de algo, diré que creo que es imposible que no haya sido violación. Cinco tiarros, una niña apenas, un zaguán. Sobra todo juicio privado. Pero dejemos que le caigan diez o doce años, mientras cualquiera -el cacareo de internet- prejuzga.

Qué está pasando para que cualquier fiesta local sea casi igual a la otra, a cada cuál más indistinta y adocenada, etílica y masiva e incómoda. Y pasto de bobos, salvajes y malas personas, a unas malas. Que fueron malas, cómo no iban a serlo, con doscientos legendarios, diez rayas y la absoluta carencia de principios que puede dar lugar a ese abuso brutal y que a uno, imaginando, le rompe el corazón. Y lo mueve al odio y al juicio sumario.

Las fiestas locales, con tomate empapando las camisetas en Murcia o calimocho empapando el pañuelo rojo de ocasión, que imposta la autenticidad de quienes corrían detrás del toro en otro tiempo que nunca ya volverá, se han convertido en un albondigón informe. En una expresión de la vacuidad y la inmediatez en las que navegamos para que, alcohol mediante, mucho, se puedan producir horrores en manada en un escenario falso y desquiciado que pudiera permitir cualquier abuso o atrocidad.

Lo más oscuro pudiera ser que esos cinco muchachos crean, o hubieran creído en el momento del hecho aquel, que estaban haciendo algo normal o siquiera aceptable. Eso es el horror. La falta de compasión de esos chicos, de ninguno de ellos, de mínima atención hacia aquella mujer probablemente bebida. Aquella muchacha que fue a divertirse a una fiesta que ahuyenta a propios y atrae a extraños. Pensemos. Miremos las caras de los cinco miembros de la manada que van a pagar por lo que han hecho, la justicia sabrá. No parecen bestias. Lo son. O lo fueron. Pero es claro que la celebración masiva con doble de ron no trae nada bueno. Sino al contrario. Hasta dónde debemos practicar la libertad, la más estúpida libertad de perder la cabeza en manada.

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