El poliedro

La 'matrioska' del paro español

Dentro del desempleo que azota a España, el paro juvenil se erige en un arma destructiva para el futuro

AUNQUE el informe del Foro de Davos presentado el jueves nos ha degradado en sus clasificaciones mundiales de competitividad, innovación, tecnología o Educación Primaria, España está entre los diez países con mayor Producto Interior Bruto (PIB) del mundo, y alrededor del número 20 en PIB per cápita (países poco poblados y con pintorescas peculiaridades sociales o fiscales como Brunei, Macao o Luxemburgo nos adelantan cuando el producto nacional se divide por los habitantes respectivos). España también es un país que figura alto en los rankings de industrialización, y es un "invitado permanente" del G-20, un logro de Zapatero en su época rampante. Nuestro país tampoco suele andar mal, entre el puesto 15 y el 20, en las clasificaciones oficiales de Desarrollo Humano, cuyo índice se calcula a partir de la propia renta per cápita, la esperanza de vida y el nivel educativo.

Sin embargo, España tiene su verdadera lacra en el paro, y es particularmente desastrosa nuestra posición en las tasas de desempleo juvenil (del 40% de la población activa menor de 25 años según las estadísticas recientes, más del doble que la media europea). Además, según hemos sabido esta semana, casi la mitad de nuestros jóvenes con titulación superior -los menos parados, eso sí- se ganan la vida infraempleados, o sea, desempeñan trabajos diseñados para cualificaciones inferiores a las suyas. Esto último no sólo sucede en España, pero sucede aquí con mayor intensidad que en nuestros países de referencia. Ahondando en el mapa del empleo español, un estudio de Igualdad presentado el martes concluye que la brecha salarial entre hombres y mujeres descendió a un 22% en la ganancia anual: un buen dato, pero agridulce, dado que está también muy fuera de los valores de los de otros países con los que debemos compararnos.

Varias interrogantes surgen de este panorama, todas ellas inquietantes y que casi se responden solas. Si los que están preparados se emplean poco y mal, ¿cuál será el capital humano de este país a la vuelta de diez o quince años?; ¿qué pasará con el sustento y el retiro de esa generación perdida que es víctima de la precariedad, y a qué tipo de patologías sociales dará lugar si son, en el mejor caso, dependientes de sus familiares e ínfimos subsidios y, en el peor, pobres crónicos con baja capacidad de consumo y regeneración demográfica?; ¿quién va a pagar y con qué dinero las pensiones de las futuras generaciones mayores?

España juega -todavía- en primera división si nos atenemos a las cifras macro y sus combinaciones. Pero no hay motivos para ser optimistas en cuanto al mantenimiento de este estatus en el mundo. La pésima calidad y retribución del empleo de varias generaciones de jóvenes -que, paradójicamente, son las mejor formadas de la historia española- es una rémora estructural de profundas raíces. Las soluciones no vienen con una mayor formación: la sobrecualificación es un hecho, y el principio de Say ("la oferta crea su propia demanda", en este caso de empleo cualificado) no se da en España, tristemente. La cacareada falta de adecuación de la formación universitaria a la demanda empresarial -un cansino mantra de las organizaciones patronales- también es falaz: no es que no se adecue la oferta a la demanda, es que la demanda es estática y poco cualificada a su vez. La actitud general de las generaciones jóvenes es reticente a la movilidad geográfica y al autoempleo, además de tendente al empleo público. El problema español es el paro, y tiene una matrioska pequeña y perversa en su interior: el paro juvenil. (Por lo menos, los erasmus se quitan las orejeras durante un tiempo y hacen una simulación de cómo ganarse la vida fuera, y se dice que Alemania necesita 500.000 inmigrantes para aguantar su crecimiento futuro. Algo es algo).

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