La ciudad y los días

Carlos Colón

A mayor desnudez, más espectáculo

OYENDO el lunes pasado las ridículas -por exageradamente pormenorizadas- noticias sobre la preparación (¿toreros?, ¿boxeadores?, ¿gladiadores?) para su tele-combate nocturno de los dos señores que aspiran a gobernarnos, no dejaba de recordar los conceptos de "telepolítica" y "tele-opinión" (opinión pública industrialmente producida) que acuñó el sociólogo Javier Echevarría en su conocido ensayo Los señores del aire, en el que a partir del análisis de las nuevas realidades globales, electrónicas y digitales describe una sociedad (Telépolis) en la que empezamos a vivir sin darnos del todo cuenta de ello.

Al tratar de las elecciones en Telépolis, escribe Echevarría: "Hay que definir una buena estrategia de imagen en función de (ý) lo que los futuros votantes podrían preferir, y en particular sobre lo que rechazan. La telepolítica depende estrictamente del marketing (o politing) y de sus técnicas. Pero, a diferencia de otros ámbitos económicos, en los que hay una serie de regulaciones de la competencia, en telepolítica todo vale, siempre que contribuya a aumentar la cuota de mercado. Nombres propios, logotipos, lemas y consignas publicitarias, construcción artificial de una imagen de marca (el liderazgo), fichajes de figuras populares (ý), elogio indiscriminado de las cualidades de la mercancía propia; estas y otras técnicas son comunes a la telepolítica y demás telemercados. (ý) Cada empresa buscará a la hora de presentarse a las elecciones un mascarón de proa que resulte telegénicamente intachable. A la producción de este tipo de imagen se dedican los mejores expertos en publicidad. En la competencia electoral no hay regulación de la competencia. La mentira suele ser preferible a la verdad. Todo vale, siempre que sea eficaz con respecto al fin propuesto: obtener más votos que los adversarios. Acaso por ello les resulta apasionante a muchos telepolitas: ver pelearse a la nobleza como navajeros de barrio es un espectáculo que produce un placer morboso".

Combate verbal que al final convertirá a uno de los gladiadores en emperador, duelo de coplas a lo Pedro Infante y Jorge Negrete , reality show cuidadosamente diseñado, lo del lunes pasado fue (y posiblemente volverá a serlo el próximo) un espectáculo tanto en la primera ("función o diversión pública") como el la última ("acción que causa escándalo o gran extrañeza") acepción de la palabra; que sólo alcanzó buenos momentos telepolíticos -impactantes, no reflexivos- cuando la impotencia (Zapatero), la ira (Rajoy) o la torpeza (ambos), es decir lo imprevisiblemente humano, desnudó a los contendientes.

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