La Noria

Carlos Mármol

La memoria reversible

Sevilla deja atrás una Semana Santa marcada por la lluvia y camina hacia la Feria ajena por completo al 19 aniversario de la inauguración de la Exposición Universal de 1992, el evento que nos salvó del subdesarrollo

SEVILLA, tan dada a vivir de los recuerdos, tan amante de las viejas historias épicas sobre los años en los que fue puerto y puerta de Indias, tan prendada de esa generosa espiral nostálgica que consiste en creer en el dogma de que cualquier tiempo pasado fue mucho mejor sencillamente por el hecho (inevitable, por otra parte) de ser pretérito, acostumbra a ser una dama caprichosa con respecto a la lista de sus olvidos.

Hay quien sostiene que esta ciudad es extremadamente hábil, a la par que cruel, a la hora de recompensar con el silencio sostenido las obras de sus mejores hijos. Doy fe. Prácticamente desde que tengo cierto uso (relativo) de razón, en público y en privado no he visto nunca poner en crisis la extendida tendencia social que consiste en despreciar todo aquello que signifique un determinado cuestionamiento de la realidad más íntima y aceptada. En cambio, por estos pagos se acostumbra con frecuencia a jalear sin rubor, incluso con bastante entusiasmo, ciertas ceremonias tribales que sólo tienen como beneficio inmediato el gratificante sentimiento de la autocompasión colectiva. Ya lo escribió Cervantes: "Gran Sevilla/Roma triunfante en ánimo y nobleza".

No es pues extraño que esta semana la vida pública de la ciudad haya estado concentrada exclusivamente en una única cuestión (la incidencia de la lluvia en los desfiles procesionales de Semana Santa; un asunto trascendente) o, en otros casos, haciendo sencillamente tiempo hasta el arranque de la semana de vísperas de la Feria (la primavera consume en nuestra tierra toda la atención), mientras ignoraba por completo el 19 aniversario de la inauguración de la Exposición Universal de 1992, el evento -por usar la terminología de aquella época- que impidió que nos hundiéramos en el más absoluto de los subdesarrollos.

Efectivamente: un 20 de abril de hace ahora 19 años se abrían en la Isla de la Cartuja las puertas de la Muestra Universal. Como en Sevilla casi todos los hechos tienden a filtrarse bajo el prisma de los sentimientos, de aquella mítica fecha, además de las evidencias del paso del tiempo, que es inmisericorde, buena parte de los sevillanos conservamos aún la sensación agradable que consiste en la evocación de los ratos pasados en la Cartuja (irrepetibles, porque muchos no han vuelto a pisarla desde aquellos días) y la añoranza de los símbolos (la mascota, los días nacionales, los conciertos, los pabellones) que todavía nos recuerdan que en aquellos momentos Sevilla se sintió de nuevo (otra cosa es que realmente lo fuera) capital de sí misma.

Teniendo en cuenta que estamos en una ciudad que presume de ser madre y maestra en la recreación artística de la muerte de Cristo (acontecida en Palestina hace más de veinte siglos), resulta harto llamativo que no seamos capaces ni siquiera de evocar discretamente hechos muchos más cercanos a nuestra historia que sucedieron hace menos de veinte años.

Sin ignorar los beneficios económicos que las tradiciones suministran al sector turístico local (una de nuestras escasas industrias), lo cierto es que la Expo 92 no tiene ya quien le escriba. Ni cuenta con pregoneros (porque no ha vuelto a repetirse) ni los historiadores locales han sido lo que se dice generosos a la hora de estudiar su repercusión real. La añeja retórica hispalense, que ante el pavor de perder sus viejas jerarquías decidió ignorar la Muestra Universal antes, durante e incluso después (en ciertos casos) de su celebración, nunca quiso hacer protagonista de la posteridad a un evento que se planteó como exógeno a Sevilla, pero que con la distancia adquiere más importancia que cualquier otra conmemoración a la que tan dados somos los indígenas de la tierra.

La Exposición Universal evitó que nos hundiéramos en el Tercer Mundo y, durante unos años, permitió que pudiéramos soñar con estar ligados (aunque de forma humilde) a las economías modernas. No logró sin embargo salvarnos de nosotros mismos: si casi dos décadas después de su inauguración en Sevilla aún tenemos graves problemas de cohesión social (la ciudad interna) y nuestra imagen económica sigue anclada en los mismos viejos tópicos de siempre (la ciudad externa) se debe -sospecho- fundamentalmente a nuestra forma de ser. A la personalidad de nuestras élites, tan obsesionadas con las viejas estirpes de conveniencia, y a la escasa exigencia general de una ciudadanía que todavía no ha asumido que el desarrollo económico requiere siempre sacrificio, trabajo y eficacia, más que pregones, funciones principales de instituto y ciertos actos de vanidad social.

Sobre la Expo se sustentó el mito de un hipotética Sevilla moderna. Abierta al mundo. Universal. Un discurso que conectaba con lo mejor de la historia de esta ciudad pero que no hemos sido capaces de reinventar desde entonces. Basta mirar las cifras del desempleo, el deterioro de nuestro tejido productivo (débil y endogámico) y los habituales usos y costumbres locales para certificar que nuestro gran pecado no ha sido tanto no saber sacar partido al recinto que albergó la Muestra Universal (una Cartuja convertida en una sucesión de condominios empresariales cerrados a su propio entorno), sino no tener como horizonte colectivo la cultura de la modernidad que en cierto sentido nos mostraron hace ahora 19 años desde fuera de nuestras fronteras.

Antes del 92, Sevilla no era una ciudad contemporánea, por mucho que ciertos heterodoxos estuvieran (secretamente) al cabo de determinadas vanguardias. El 92 nos evitó el destino de convertirnos en una especie de Sicilia española (hermosa y cruel a partes iguales) pero desde entonces sesteamos en lo de siempre, sin sacar enseñanzas profundas de aquellos años.

El gobierno municipal saliente (PSOE e IU) ha querido ahora que se cierra su ciclo económico y político, con independencia de lo que suceda en las próximas elecciones locales, presentar su gestión de los últimos años como una réplica, con ciertas variantes, del espíritu reformista de la Exposición Universal. No hay caso. Con independencia del deseo personal de determinados políticos (Monteseirín, fundamentalmente), el contraste no resulta posible. La Expo 92, de cuyo tema nadie se acuerda (en realidad su motivo era lo de menos), tuvo la virtud, a pesar de todos sus excesos (gestión económica, incrementos de coste, irregularidades de índole contable), de concentrar el enorme caudal de inversión pública (y privada) generada durante esos años en el esqueleto de la ciudad. En su columna vertebral: las infraestructuras. Una apuesta política que durante un tiempo permitió avanzar a toda la economía regional (no sólo a la sevillana) y que casi nunca valoran muchos de los ciudadanos que viven fuera de Sevilla, acostumbrados como están, casi dos décadas después, a continuar agitando las banderas del agravio centralista. Autonómico, en este caso.

La gestión municipal de los últimos tiempos, en cambio, ha concentrado todos los recursos económicos disponibles (que en esta ocasión no han venido de fuera, puesto que llevamos más de una década sufriendo un sostenido déficit inversor por parte del resto de las administraciones públicas que se intensificará en los años venideros) en la cabeza de la ciudad. Léase en el centro histórico, donde la imagen de transformación global es probablemente mucho más fácil de construir (esencialmente sobre la base de una serie de hitos arquitectónicos) sin que esto signifique necesariamente que los cambios aparentes de la última década en realidad sean tales ni, sobre todo, suficientemente profundos. La gran asignatura pendiente del 92 (la cohesión social) todavía sigue sin resolver. No es raro que nuestra memoria sea tan caprichosa y reversible. Son recuerdos amargos. El mayor: ver cómo hemos terminado siendo muy distintos a lo que entonces soñamos ser.

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