Por montera

Mariló Montero

A la memoria de ella

CUANDO me reveló que su marido le había golpeado hasta partirle el palo de la escoba contra su cuerpo, consiguió que retumbara en mí la propia memoria que me transmitió de su dolor. En cuanto terminó de contarme sólo una de las aterradoras escenas de su vida como mujer maltratada, nuestras miradas se petrificaron mutuamente. Buscábamos en nosotras mismas algo que pudiera paliar o borrar aquellos episodios que vivió totalmente sola. Ella ansiaba encontrar algo en mi interior, que yo no sabía muy bien si era lealtad, comprensión, complicidad, cariño, amor o un abrazo. Yo buscaba la suya, en medio de un pozo vacío, algo donde agarrarme para ayudarla. Al final debimos encontrar lo que necesitábamos, pues nuestra amistad, desde entonces, fue eterna. Ella me lo contaba y yo le escuchaba.

Resulta muy difícil hablar con fluidez sobre los malos tratos que ha sufrido una persona cercana a ti mientras vierte un rosario atroz. Cada relato era más pavoroso. Muchos años después de que nos conociéramos ella me contó que la relación con su novio venía disfrazada entre los hormigueos de dos adolescentes enamorados. Llegó el primer embarazo y, con él, la primera convulsión de la relación. Un día cualquiera, sin mediar palabra, su marido, quien no llegó ni a cerrar la puerta de la entrada del piso en el que vivían, le pegó una patada en la barriga que le provocó la primera hemorragia. La segunda y la tercera y las de después caían sobre ella, una a una, como todos los libros de la biblioteca que años después le darían la libertad.

Durante años sufrió las palizas de su marido. Cuando se quedaba sola aprovechaba para telefonear a su madre, que seguía viviendo en un pequeño pueblo lleno de antigüedades. Pero de mentalidad. Le pedía que le ayudara a salir de ese infierno. A cada ruego, la respuesta era la misma: "Hija, aguanta. Los hombres son así. ¿Qué vas a hacer?". Tuvo a su hija y, una noche, mientras dormía acurrucada a su bebé, él la violó y golpeó hasta reventarle la cara, no sin antes despreciar a la pequeña, que terminó tirada en el suelo del dormitorio. Fue la última noche. Sola, con su hija en brazos, huyó de casa, hasta que un matrimonio conocido las cobijó. Con su apoyo, terminó la carrera de Filología y sacó a su hija adelante.

A todas las mujeres que están siendo maltratadas, insultadas, menospreciadas, infravaloradas. A quienes escuchan los gritos a través de los tabiques, sáquenlas del espanto que las bloquea. No se justifica que las culturas sencillas normalicen las agresiones. No vale taparse los oídos ante los gritos y sollozos de una vecina. Llamemos al 016, que la Policía se encargará de dar vida a quienes matamos con nuestro silencio.

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