La tribuna

Manuel Ruiz Zamora

El miedo a ofender

IMAGINEMOS por un momento que uno de esos publicitarios que en la actualidad se disfrazan de artistas para acceder a los quince minutos de gloria a los que, según Warhol, todo el mundo tendría derecho, concibiera una performance consistente en quemar un indeterminado número de ejemplares de la Biblia. El pretexto, puesto que cuanto más frívola e inconsistente es una realidad más necesitada se encuentra de justificación teórica, podría ser, por ejemplo, protestar contra los crímenes de la Inquisición. Previsiblemente, se produciría alguna protesta más bien rutinaria del Vaticano y, finalmente, la performance se celebraría con la asistencia del propio artista, algún crítico de arte amigo suyo y la inevitable parejita gafapasta que aún mantiene la ingenuidad de creer en las virtualidades transgresoras de los fenómenos artísticos.

Cuando en el año 2005, a raíz de la publicación en un periódico danés de unas caricaturas de Mahoma, se produjo aquella oleada de manifestaciones (en las que murieron, hay que recordarlo, más de cincuenta personas) que se extendieron por el mundo árabe, tuvo que ser una joven somalí que había padecido en sus propias carnes todas los abusos y humillaciones, sin excluir la mutilación genital, que el Islam reserva a las mujeres, la que le recordara a Occidente que el derecho a ofender constituía una conquista inseparable de la libertad de expresión. En un discurso pronunciado, no por casualidad, en Berlín, Ayaan Hirsi Ali comparaba el fanatismo islamista con el totalitarismo soviético y asimilaba la actitud cobarde de los intelectuales que reclamaban comprensión con la sensibilidad ofendida de los fanáticos a la de aquellos otros que antes de la caída del muro habían puesto en duda los horrores del comunismo.

Ayaan Hirsi Ali había sido la guionista de la película Submission, que contenía una escena en la que, sobre el cuerpo desnudo de varias mujeres musulmanas, aparecían caligrafiados con tinta roja algunos de los versículos del Corán que denigraban más enfáticamente la condición femenina. Poco tiempo después, el director de la película, Theo Van Gogh, sería asesinado por un islamista radical en plena calle. Sobre su pecho, clavada con puñal, había una carta para Hirsi Ali en la que, entre otras cosas, le vaticinaban un final idéntico al del director holandés. Tras un largo periodo en el que tuvo que vivir oculta y protegida, la activista somalí emigró a Estados Unidos, en donde habrá asistido con infinita perplejidad al revuelo que se ha armado por el anuncio de un predicador pirado de organizar una quema de ejemplares del Corán para conmemorar los atentados del 11-S.

Aunque el reverendo Terry Jones comparte nombre con uno de los componentes de los Monthy Python, carece, desde luego, del talento que demostraron los humoristas ingleses para perpetrar una blasfemia tan irreverente y divertida como La vida de Brian. Como sabía Buñuel, el arte de la blasfemia exige cualidades que no están al alcance de cualquiera. Ahora bien, por más esperpéntica que sea la figura de este iluminado no se le puede negar el mérito de haber puesto en evidencia hasta qué grado de papanatismo se está llegando en Occidente en relación a determinadas expresiones ideológicas y culturales.

El miedo a ofender se está convirtiendo en una de las restricciones más preocupantes a la libertad de expresión. Cada grupito con veleidades identitarias despliega una susceptibilidad ante el agravio que suele ser inversamente proporcional a la libertad que se concede para arremeter (incluso físicamente) contra cualquiera que se atreva a rozar siquiera alguno de sus símbolos fálicos. En Murcia, por ejemplo, unos empresarios desprevenidos, ante la avalancha de amenazas yihadistas que han recibido en su página web, se han visto obligados a cambiar el nombre de su discoteca (La Meca) y a modificar algunos de los elementos arquitectónicos y decorativos del local. Los representantes de la comunidad islámica de Murcia han condenado las amenazas, pero no han tenido inconvenientes en decretar qué cambios consideraban imprescindibles para dejar de sentirse ofendidos.

Cuando el Congreso de los Estados Unidos estaba debatiendo la derogación del delito de quemar la bandera, hubo un senador que basó su apoyo a la abolición en que ello permitiría identificar con más facilidad a los "gilipollas" (assholes). El esmero con el que se cubren el rostro los sempiternos quemabanderas de la Diada catalana viene a demostrar que el senador no iba del todo desencaminado. ¿Cuáles debería ser los límites del derecho a ofender? Hirsi Ali defendía que únicamente aquellos que estuvieran determinados por la ley. Yo creo, sin embargo, que habría que contemplar también los que se derivan del sentido común y del decoro. Quien transgrediera lo primero incurriría en un delito; quien lo hiciera con lo segundo, en una genialidad o una simple gilipollez.

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