por montera

Mariló Montero

La mirada de los sueños

QUÉ poquito queda. Faltan días para que nuestros sueños se aprieten en los bombos y los niños de San Ildefonso comiencen a cantar la melodía de la Fortuna. Abundan noticias curiosas y estadísticas para recordar los vaivenes que el sorteo de Navidad ha ido dando en dos siglos.

Pero todos vamos ya tan cargados de esos datos como de décimos y participaciones. Todavía los hay que no se quieren perder ni un número. Mira que si cae en el bar donde tomo cafelito cada sábado... Llevamos viendo décimos desde verano. En gasolineras. En mercados. En restaurantes. Se ha jugado en los trabajos. ¿Cómo no participar ahí? Anda que si toca y somos los únicos que no tenemos ganas de descorchar una botella para celebrarlo…

Pero quiero decirle dónde he visto hasta ahora lo más interesante del sorteo de este año. Ha ocurrido esta misma semana, la otra tarde, mientras hacía tiempo. Esta expresión es curiosa, como si el tiempo hubiera que hacerlo. Vi a una señora salir de una administración de Lotería. Calculo que ya habría sobrepasado los setenta. Su pelo cano evocaba la nieve que no ha llegado este año. Y el abrigo, beige, caía hasta dejarme apreciar dos tobillos, como un paréntesis hasta los zapatos negros, con muy poco tacón, cómodos y andariegos. La señora se detuvo en la misma puerta del establecimiento. Con ambas manos, llevaba bien sujetos unos cuantos décimos de Lotería. Ella no me vio mirarla. Creo que no habría reparado en mí de ningún modo, a pesar de que me encontraba apenas a tres metros. Porque miraba lejos, muy lejos, más allá del 22 de diciembre. La señora contempló los billetes -quién sabe a qué números jugaba- y alzó la vista. Como llamada por el alumbrado navideño. Pero le puedo asegurar que, más que las luces de Navidad, de donde manaba luz era de los ojos de esta mujer. Esos dos ojos soñaban, redondos, enormes, esperanzados. Como dos bombos de Lotería de Navidad. Supuse que había comprado para sí misma pero, más aun, para sus hijos, para sus nietos, para los suyos. ¿Qué soñaba esta señora la otra tarde?

Proyectos, necesidades que cubrir, gustos que darse. Y repartir felicidad. Esto es lo que vi en la mirada de esta señora que no me vio mirarla. Y recuerdo las arrugas de satisfacción de su cara, que venció por instantes a la edad, relamiéndose con la idea de ser la benefactora de la gente querida.

Aproveche. Faltan horas para el sorteo. Pero si se da prisa, quizá pueda contemplar una estampa como la que yo me encontré la otra tarde. Ocurre por toda España. Esas caras de esperanza. Como la que debí poner yo al entrar en la administración después de la señora y pedir un décimo del mismo número que había comprado ella. ¡Suerte!

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