La tribuna

Antonio Montero Alcaide

De la mirada al voyeurismo

TAL vez el pecado venial de mirar a través del ojo de la cerradura figure en el acto de contrición del común de los mortales. Cosa bien distinta es que del reclamo de la curiosidad, digamos natural, se llegue a la malsana y hasta patológica categoría del voyeurismo. Cuando así ocurre, los modos son compulsivos, enfermizos y repudiables. Como los de ese peluquero que colocó una cámara de vídeo, camuflada en el baño, para registrar el íntimo aseo y la consiguiente desnudez de sus confiadas clientas. O las más sofisticadas mañas de un odontólogo que se valía de un bolígrafo cámara para grabar a sus compañeras mientras se cambiaban de ropa en los vestuarios.

Acompaña al voyeurismo la delectación, que no es sino una forma suave de ponerle nombre a la más babosa excitación sexual y al calenturiento anticipo del onanismo. Incluso hay quienes, ayudados de los soportes tecnológicos a propósito, archivan las grabaciones y hasta las catalogan a partir de vaya usted a saber qué perversos criterios. Cogidos in fraganti -el miedo a ser descubiertos todavía excita más a estos sujetos-, suelen encontrar soluciones del tipo "no es lo que parece": el peluquero arguyó en su defensa que pretendía evitar los frecuentes robos de los productos de higiene, pero en el archivo de su ordenador se almacenaban numerosísimas grabaciones, cuyos títulos daban cuenta de las zonas genitales captadas en la particular intimidad de la higiene; mientras que el odontólogo, que hasta aparece él mismo en las grabaciones colocando el bolígrafo a fin de dar con el ángulo oportuno, sostiene que usaba el disimulado cacharrito para grabar la boca de los pacientes, sin que pudiera controlar que, a veces, el bolígrafo empezara a grabar de manera automática, sin necesidad de activarlo mediante el interruptor.

Claro que, en el trasfondo de maneras repulsivas como las que acaban de apuntarse, la sociedad del gran hermano se hace, por la misma metáfora del parentesco, prima hermana del gran estropicio. Así, con la peligrosa dispensa de los experimentos sociales, cabe estimular conductas, acrecentadas por su influjo en numerosas audiencias, que, lejos de evitar comportamientos contrarios a los principios básicos de la sociedad, no sólo los incrementan malsanamente, sino que, para más desatino, acaban por normalizarlos incluso con impunidad.

Cuestión distinta es, digámoslo también, esa otra forma de mirar que no entronca con la patología de las calenturas desquiciadas, sino con la más natural tendencia a apreciar lo hermoso y lo bello. Incluso, puestos en estas maneras de mirar, caben hasta los protocolos del disimulo y del soslayo para que la persona mirada no se percate de ello o, dándose cuenta, tal circunstancia no le reporte ningún trastorno psicológico, ningún daño moral, sino una satisfacción agradable. La playa presta oportunidades a tal efecto cuando, apostados en la sombrilla, preservados por las socorridas páginas del periódico o dados a lectura de la novela pendiente, el juego de la contemplación también acude a las disposiciones del ánimo y… lo que se han de comer los gusanos, que lo vean los cristianos. Maneras más templadas éstas, aunque tampoco reñidas con la lisonja de un piropo hacia fuera o con una sentida evidencia hacia dentro: "Hay que ver cómo está la criatura" -que así caben todos los géneros e identidades?. Y de la misma manera que ante la cámara oculta del peluquero o ante el apañado bolígrafo del odontólogo no se cuenta con la voluntad ni el consentimiento, en esta contemplación, presuntamente natural, sí es factible, y hasta se pretende, ser mirados y reclamar la atención. Por qué, si no, se atiborran los gimnasios y hace de las suyas toda una parafernalia de artefactos y remedios para darle al cuerpo la alegría de la compostura, el retoque del porte, poco antes de las vacaciones… y volver a ellos para el reiterado incumpliendo de las buenas intenciones, tan propias de la reanudación del curso o del comienzo del año.

Luego, con este repaso ligero de la mirada al voyeurismo, no es que la primera lleve a lo segundo, sino que en el origen de no pocas perversiones está esa forma desquiciada de convertir lo natural en malsano, en moralmente dañoso. Por eso el mirón -cualquiera que sea su marca sexual, pero no asociada al género gramatical- además de ser el que mira, suele hacerlo demasiado o con curiosidad, en tanto que el voyeur encuentra disfrute contemplando las maneras y las actitudes íntimas o eróticas de otras personas. Y mientras que el mirón puede pellizcarle a la imaginación para construir fantasías sobre lo que ve con sus ojitos bien dispuestos, el voyeur no se conforma con la platónica y más o menos inocente evocación del pensamiento, sino que se pone manos a la obra para, sin aceptación ni voluntad de sus víctimas -ya que pueden experimentar daños por culpa ajena y acudir a la Justicia-, refocilarse en el vicio, y el delito, de la contemplación dañosa.

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