La ciudad y los días

Carlos Colón

El misterio María San Gil

POR qué una mujer valiente que ha aprendido a vivir mirando cara a cara a la muerte, la que causan los terroristas o la que acecha en la enfermedad; que ha mantenido sus convicciones contra las más brutales y totalitarias presiones; que ha sabido resistir en una soledad política casi absoluta, sólo apoyada por su partido; que para muchos españoles de diferentes tendencias ideológicas representa lo mejor y más noble de la política, María San Gil, ha cometido estos dos incomprensibles errores? Fue el primero el de escenificar en público sus diferencias personales con el líder del partido en el peor momento que ambos -líder y partido- han vivido en toda su historia. Fue el segundo, y más grave, el de no suspender su comparecencia ante los medios -para dar publicidad a esa escenificación del desacuerdo con su partido- la mañana en que España estaba consternada por el asesinato del guardia civil Juan Manuel Piñuel. Desde ese día le vengo dando vueltas a estas preguntas para las que no hallo respuesta. Disentir del partido al que se pertenece no sólo es legítimo, sino democráticamente sano para todos y beneficioso para el propio partido. Reciente está la vergüenza de la votación en el Congreso sobre el caso Taguas, y el papel que ha jugado el único diputado socialista que votó en contra. Entre la disciplina de partido y la endogamia encubridora hay tan poca distancia, pese a que se trate de cosas tan distintas, como entre la lealtad y el servilismo acrítico.

A veces, caso de Rosa Díez, las discrepancias internas se hacen públicas y la coherencia ideológica obliga a abandonar el partido al que se pertenece. Pero cuando esto se hace durante la profunda crisis de un partido que además ha perdido las elecciones, como en el caso de María San Gil, se puede pensar, como mínimo, que no se ha tenido sentido de la oportunidad; e incluso que lo personal, en un sentido no de coherencia sino de egoísmo u obstinación, se ha puesto por encima de los intereses generales del partido. La trayectoria de María San Gil podría hacer pensar que se trata de lo primero, inoportunidad; pero su comparecencia en la mañana en que España lloraba la muerte de Juan Manuel Piñuel obliga a pensar en ese ensimismamiento egoísta que pone los problemas personales por encima de cuestiones públicas de mucha mayor gravedad.

Que María San Gil no suspendiera esa comparecencia oscurece las razones de su enfrentamiento con el líder de su partido y su final renuncia. Como escribió Machado, un golpe de ataúd en tierra es algo perfectamente serio; tanto como para retrasar siquiera un día una comparecencia.

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