al punto

Juan Ojeda

Es el momento de dar la talla

ME comentaba el otro día un amigo que echaba de menos aquellos buenos tiempos en los que, cuando te encontrabas con un vecino en el ascensor, el único tema de conversación era el tiempo, mientras que ahora, empiezas por la prima de riesgo y terminas con la reforma financiera. Y eso es muy duro para un viaje en ascensor. Otro amigo, más ocurrente todavía, afirmaba que ya resulta absurdo hablar de la vida eterna, porque a lo más que puede aspirar uno en el más allá es ser eventual y medio pensionista. Pues eso, que estamos de un pesimismo que hiela la sangre pero enciende los ánimos. Pesimismo que está plenamente justificado porque cada día nos desayunamos con una mala noticia y nos acostamos con otra peor.

Ésta es, además, una clase de pesimismo que no se reduce a ser tema de conversación en el ascensor o en la barra del bar, sino que se nota, hablando de bares, en la disminución del consumo de una forma terrible, lo que está poniendo en peligro, no ya la viabilidad de las grandes empresas o de las entidades financieras, sino que está haciendo desaparecer muchos pequeños negocios, en los que sus clientes de siempre han reducido drásticamente su consumo, o han dejado de ser clientes. Los bares son un ejemplo. Esto, a nivel casero, refleja lo que es ese pulso, no resuelto, entre austeridad y estímulo. Hay ya mucha gente que ha reducido su gasto, no ya en la barra de los bares, sino también en las tiendas de alimentación o en las zapaterías, no porque no puedan gastar en este momento, sino porque tienen miedo de no poder gastar en el futuro. O sea, que es un pesimismo paralizante y destructivo.

Todo esto es cierto, como lo es el justificado cabreo de muchos colectivos que ven cómo aumentan sus gastos y se reducen sus ingresos, o el de aquellos que ven cómo derechos que creían intocables empiezan a convertirse en dudosos. Pero, admitiendo esto como es, porque tenemos que vivir con la verdad, hemos de buscar la fórmula para salir de éste pesimismo tóxico. Para ello necesitamos saber a dónde vamos, y de ahí que cada día se haga más urgente el que los sufridos ciudadanos tengan una visión completa de lo que está ocurriendo, es decir, un relato con prólogo, desarrollo y epílogo. Quieren saber la verdad de lo que está pasando y el horizonte hacia el que nos encaminamos. Y hay que hacerlo sin miedos, sin titubeos y sin tapujos, por muy duras que resulten las verdades. Sabemos ya, más o menos, cuáles son los peligros que nos acechan y nos merecemos, no ilusiones vanas, sino esperanzas fundadas y bien explicadas de recuperación. En este empeño tiene que estar, por supuesto, el Gobierno en primer plano, pero también la oposición, sobre todo por la historia reciente, tiene su alta cuota de responsabilidad. Este es el momento de dar la talla.

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