La esquina

José Aguilar / Jaguilar@grupojoly.com

Y no estaba muerto...

Yno estaba muerto, lerén, y no estaba muerto, lerén, pero tampoco estaba tomando cañas, como el de la rumba de Peret. Estaba tomando de todo, veraneando de manera indefinida en Panamá, dándose la gran vida a costa de una muerte inventada, la suya. Hasta que le dio por "resucitar" y la policía lo trincó. Por vivo, por vivales.

John Darwin, que no tiene nada que ver con el origen de las especies, sino que es un espécimen original, salió a dar una vuelta en canoa por el Mar del Norte en 2002 y no volvió más. Como el del tópico que le dice a la mujer que sale a por tabaco y ya no hay quien le encuentre en la vida. Ésta, la mujer de Darwin, dio la voz de alarma y los servicios de emergencia estuvieron buscándolo durante largos días. Sin resultado. Sólo aparecieron los restos de la canoa. Al año siguiente se le declaró oficialmente muerto, y a la mujer, viuda. A todos los efectos, empezando por el cobro del seguro de vida (97.000 euros) y la pensión de viudedad.

La viuda pronunció palabras desconsoladas lamentándose de su imposibilidad de hacer como la gente normal: enterrar el cuerpo del amado, ofrecerle un funeral, ponerle una lápida. Pero es que ninguno de los dos era gente normal. En 2006, cuatro años después del presunto naufragio, la viuda inconsolable y el difunto desaparecido se fotografiaron juntos, y más bien felices, en la página web de una inmobiliaria a la que le habían alquilado un apartamento en Panamá (algo lejos del Mar del Norte, ciertamente). La policía ya les seguía la pista, pero el estrambote de la historia todavía estaba por llegar. El sábado 1 de diciembre John Darwin se presentó, en carne mortal, en una comisaría de Londres y dijo a los agentes de guardia: "Buenos días, creo que soy un desaparecido", añadiendo que había perdido la memoria durante todos estos años.

Ahí veo yo un punto de misterio. ¿Por qué se ha entregado Darwin? Está claro que la supuesta desmemoria no iba a colar y que él y su falsa viuda van a tener que pagar por haber fingido la muerte y estafado a la Seguridad Social y a la compañía de seguros, además de resarcir a los numerosos acreedores que les acosaban cuando idearon la farsa. Tal vez se han cansado de vagar por los paraísos caribeños como muerto en vida y viuda impostora, o se les ha acabado el dinero o se han convertido a una religión esotérica que prohíbe mentir bajo pena de infierno. Desde luego, porvenir no tenían ninguno. Todavía si sólo hubieran defraudado a la Seguridad Social podrían haber seguido con su engaño porque ninguna Seguridad Social persigue a sus defraudadores con ahínco. Pero, amigos, su fallo fue pretender engañar a los del seguro. ¡A quién se le ocurre! Ésos te encuentran hasta en el fin del mundo.

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