Un oasis pródigo en leyendas

lLa Casa de Ejercicios del desaparecido convento de San Felipe Neri la destaca José María Blanco White en su autobiografía lLa decisión de quemarse la cara de doña María Coronel y el cuento navideño de Maese Pérez, leyendas ahí desarrolladas

EN este acto primero de la mayor ópera urbana no hay que perder de vista un auténtico remanso de vida, al que puede considerarse uno de esos oasis que el callejero de la Sevilla de siempre nos depara. Es la calle de Doña María Coronel, una arteria entre naranjos que nada tiene que ver con el bullicio de sus aledaños, tanto el que emana de la joven bulla de las noches por San Pedro como por lo abigarrado del pasaje diurno de la Encarnación y su entorno comercial.

Es Domingo de Ramos y cuando los gallos de la madrugada estén afinando sus kikirikíes habrá llenado de encanto dicha calle el discurrir de la cofradía de la Hiniesta. Luce una barbaridad en esta vía, especie de vaso colateral en la circulación sanguínea de la ciudad, y seguro que todo estará adobado por el aditivo odorífero del azahar para que la del Cristo de la Buena Muerte y la Virgen de la Hiniesta sigan bruñendo la brillantez de su estación penitencial.

Pero es que la calle de Doña María Coronel no pierde el empaque ningún día del año y remontándonos a sus orígenes hay que decir que en el plano de Olavide, datado en 1771, figura con dos nomenclaturas. Desde San Pedro hasta San Felipe se denominaba Santa Inés para que desde ahí hasta Dueñas, que entonces llegaba hasta Bustos Tavera, se llamase San Felipe Neri. En 1845 se rotula entera con su nombre actual para que el tramo final atendiese por Inquisición Vieja.

Ya en 1910, en el plano de Antonio Poley, se ha borrado todo vestigio ominoso de la Inquisición y en su totalidad pasa a ser Doña María Coronel, aunque Santiago Montoto desvela que en algún momento ese tramo que emboca con Bustos Tavera se llamó Marmolillo. Y siguiendo con datos de su trazado conviene resaltar que la calle pasó por varias alineaciones y ensanches. El más espectacular llegó con el derribo del convento de San Felipe en 1868 por la orden de un Ayuntamiento revolucionario. Otro ensanche que jamás llegó a rematarse fue el proyectado por Juan Talavera en 1916.

La calle fue pionera en la implantación del naranjo como elemento ornamental. La zona ancha de esta vía muestra en sus aceras sendas hileras de naranjos, lo que posteriormente se haría muy habitual en el callejero de la ciudad. Ese adorno de los naranjos no se sabe a ciencia cierta cuándo apareció y el sevillanísimo Rafael Laffón lo evoca así en su obra Sevilla del buen recuerdo: "La calle Doña María Coronel, en el tramo con árboles en las aceras, aquellos inocentes vegetales -una novedad en la vía pública- de copas verdeciesen en torno a las que los mosquitos hacían flotar una temible gasa a la luz de las farolas de gas". Este es un retrato que Laffón evoca de los albores del Siglo XX.

En Doña María Coronel concurren varias historias tan llenas de encanto que nos llegan como leyendas. La principal es la que se da en el convento de Santa Inés, fundado en 1347 por doña María Fernández de Coronel, dama de la alta nobleza sevillana que da nombre a la calle y que quemó su rostro con agua hirviendo para repeler los galanteos de Pedro I el Cruel, o Justiciero, según el color del cristal con que se mire. Su cadáver momificado se conserva en dicho convento.

En el coro de dicho cenobio se encuentra el órgano que dio pie al cuento navideño de Maese Pérez el organista. Pero conviene pararse en el otro convento, el derribado de San Felipe Neri, y que se levantó en 1698 por la congregación del mismo nombre Especial protagonismo en él tuvo su Casa de Ejercicios, famosa en su tiempo y reflejada por José María Blanco White en su apasionante autobiografía.

Junto a la leyenda, la nota singular de que en calle tan principal existiera hasta bien pasada la mitad del Siglo XX un reñidero de gallos, algo que solía ubicarse en lugares más extremos del casco urbano. Y de él queda testimonio literario en La Espuela, novela del recientemente fallecido Manuel Barrios.

En Doña María Coronel, que es actualmente la calle donde vive el gran Joaquín Caro Romero, vivieron personajes ilustres. Por ejemplo, en la esquina con Almirante Apodaca residió el sacerdote, matemático y periodista, Alberto Lista, canónigo de la Catedral de Sevilla tras su exilio por afrancesado. Y en una casa de los impares, junto al convento de Santa Isabel, nació el periodista Torcuato Luca de Tena y Álvarez Ossorio el 21 de febrero de 1861. Actualmente, Doña María Coronel es zona residencial de alto nivel predominando las casa de dos o tres plantas de traza tradicional, aunque en el tramo final, el que va a Bustos Tavera, se han levantado edificios modernos en sus diseños como la casa número 26, que proyectaron los sevillanos Antonio Cruz y Antonio Ortiz.

Así es la historia y la leyenda de una calle que en esta noche de Domingo de Ramos se viene arriba para servir de tramo principal en la ruta de la Hiniesta. Tramo de una cofradía que, a falta de un laberinto ya inutilizado por una inoportuna edificación, se hará clave para la gozosa vuelta a San Julián. Por entonces, aún no habrán cantado los gallos de la madrugada.

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