La crónica económica

Joaquín / Aurioles

Los obispos y el corto plazo

LOS obispos han entrado en campaña decididos a enfrentarse al Gobierno en lo que haga falta, pero sobre todo en temas de familia, educación y terrorismo. De momento, han dejado de lado la economía, que es precisamente el flanco que, según las estadísticas, se perfila como más vulnerable de aquí al 9 de marzo, quizás considerando que no deben entrar en cuestiones tan cercanas a lo material, aunque es evidente que se trata de un terreno propicio para satisfacer la conciencia y las convicciones, sobre todo cuando se trata de ordenar el espacio en el que tienen que convivir conceptos como la igualdad, la justicia o la libertad. En otras partes, el comportamiento es diferente, como en Latinoamérica, donde la Iglesia sigue enarbolando la bandera de la lucha contra la pobreza y donde la de Brasil, por poner un ejemplo, se permite el lujo de recriminar al presidente Lula el abandono de sus compromisos electorales con los indígenas y los marginados, en beneficio de sus políticas de estabilización que, por cierto, parecen estar dando buenos resultados, siempre que se midan según los criterios del Fondo Monetario Internacional. Quizás se trate sólo de una cuestión de competencia, puesto que allí abundan confesiones y sectas, además de las tradiciones indígenas, con las que la Iglesia tiene que competir, es decir resultar atractiva, para ejercer su pastoral, mientras que aquí todavía se respira la nostalgia del monopolio que, como defenderá cualquier economista que se precie, pero sobre todo si es liberal, reduce el bienestar general y lo hace más costoso.

Hace no demasiado tiempo bastaba con poner sobre la mesa los beneficios de la conducta religiosa, y de las infernales consecuencias de lo contrario, para convencer a la gente sobre la rentabilidad a largo plazo de la plegaria. A través de ella se solicita la intermediación de santos y vírgenes frente al Altísimo en defensa de nuestros intereses, no siempre limitados a lo espiritual, sino que con frecuencia se incluyen los mercantiles, o para que nos ayude a superar dificultades. Además, como buen monopolista, la Iglesia ha sabido históricamente utilizar de manera eficiente su poder de mercado para desarrollar métodos contundentes de erradicación de posibles competidores, hasta llegar a resultar incompatible con la idea actual de libertad y democracia. La cuestión es que en estos momentos la Iglesia católica tiene que desarrollar su actividad en competencia con otras confesiones y con el laicismo. Las reglas con las primeras se mantienen en torno a unas expectativas de rentabilidad a largo plazo, cuyo éxito es, más que nunca, una cuestión de credibilidad, pero frente al laicismo descreído compite en otros términos. Es probable que la rentabilidad de este último sea comparativamente reducida, pero también más segura y a corto plazo, característica especialmente valiosa en época de incertidumbre como la actual, en la que el especialista seguramente aconsejaría segmentar mercado e intentar adaptar el producto a las características de cada uno de ellos y, de paso, contribuir a la restauración de algunos valores cívicos y éticos, tan devaluados en los últimos tiempos.

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