El tránsito

Eduardo Jordá

¿Quién paga esto?

DICEN que esta campaña electoral costará unos cincuenta millones de euros. El dinero es -supongo que usted ya lo sabe- dinero público, ya que nuestras leyes defienden, con buen criterio, la financiación pública de los partidos políticos. En Estados Unidos, los candidatos dependen de las donaciones particulares, desde la del friki que dona un dólar a George Bush con su cara -la del friki- recortada sobre la de George Washington que viene en el billete, hasta la del multimillonario que dona diez millones de dólares al candidato que cree que va a defender mejor sus intereses (o a los dos, con lo cual se asegura que nadie va a actuar en su contra). En los tiempos de la República española, el millonario Juan March se dedicaba a subvencionar con generosidad no sólo periódicos y Casas del Pueblo, sino también políticos y hasta partidos enteros. Supongo que la financiación pública de nuestros partidos se hizo para evitar estas trapisondas.

Pero el hecho de que sea dinero público -como señalaba hace poco Arcadi Espada- debería hacer reflexionar a los partidos sobre la forma en que se gastan un dinero que muy bien podría dedicarse a los hospitales o a las guarderías. En los tiempos de internet, dudo mucho que tenga sentido celebrar mítines carísimos en todas las capitales de provincia, cuando todos sabemos que a esos mítines sólo acuden los militantes de los partidos, gente a la que nadie debe convencer porque ya está más que convencida. Al paso que vamos, si las campañas electorales siguen siendo cada vez más caras, llegará el día en que se vuelvan insostenibles para el Estado, por muchos superávits presupuestarios que tengamos.

Y lo peor de todo es que resulta difícil recordar una campaña electoral tan mala y tan falta de ideas como ésta, en la que los guiñoles de Canal Plus podrían haber hecho el trabajo mucho mejor que los candidatos. Se nos dice que los mítines y los debates son fenómenos de contenido político, pero cada vez resulta más difícil asociarlos con la política o tan siquiera con los mecanismos habituales del razonamiento humano. Los mítines más bien parecen ceremonias de imposición de manos por parte de un predicador convencido de que tiene poderes paranormales (y eso que no hay que descartar la posibilidad de que se trate de convenciones de agentes de ventas de videojuegos, reunidos en un casino de Port Aventura, o tal vez de Torremolinos). Y los debates parecen esas discusiones de casino de pueblo en la que un sordo le grita a otro sordo que deje de decir tonterías, pero que tiene que hablar más alto si quiere que le oigan. No sé si el público empieza a hartarse o se hartará algún día. Yo, desde luego, creo que ya va siendo hora de que nos devuelvan el dinero.

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