Postrimerías

Ignacio F. / Garmendia

Los paraísos artificiales

CUNDE el desánimo cuando salen a la luz los chanchullos con los que algunos señalados contribuyentes ocultan su patrimonio o eluden sus obligaciones fiscales, pero todo el mundo sabe que las grandes o pequeñas fortunas tienen a su disposición complejas y sofisticadas artimañas, no necesariamente ilegales, que les permiten escapar a lo que sus titulares llaman la voracidad de los recaudadores. Entre las clases verdaderamente acomodadas no está mal visto ese género de delito, sino al contrario, sus integrantes comparten la información y los contactos, conocen los anglicismos apropiados y no sienten que su proceder sea egoísta o mezquino, sino de sentido común, ya les toca declarar una parte de lo que ganan o han atesorado y sería absurdo -dado que todos lo hacen- no reservar otra al completo.

Muchas buenas familias practican el fraude desde tiempo inmemorial, pero este no se limita a los linajes de prestigio ni en los que llaman paraísos exigen a los ahorradores certificados de hidalguía. Las puertas están abiertas para príncipes o villanos y a nadie le importa -pecunia non olet- la procedencia de los capitales, menos aún a la legión de abogados y asesores financieros que ejercen de intermediarios entre los viejos o nuevos ricos y esos depósitos opacos donde se acumulan los fondos secretos sin discriminación de razas, religiones o ideologías. Pioneros de la globalización, los tales paraísos son acaso su mejor símbolo, quizá por ello no hay manera de impedir su actividad aunque sea imposible encontrar a una sola persona que los defienda en voz alta. Se mire por donde se mire, no se entiende semejante permisividad -una tolerancia de hecho- con la cofradía universal de los defraudadores.

La honradez, la solidaridad, la decencia no pueden imponerse por decreto, pero seguramente hay formas de hacer más difícil el trasiego de todos esos millones por el ancho mundo. Dejando aparte lo que sus manejos consentidos suponen de merma para las arcas públicas, la escandalosa impunidad de los notables crea un lógico resentimiento social y no ayuda a la hora de asumir los esfuerzos que piden los gobernantes. Que para colmo algunos de ellos figuren en el selecto grupo de los evasores, ayuda menos todavía. Es inevitable sospechar, a partir de una sencilla proyección estadística, que a los nombres ahora conocidos podrían sumarse otros muchos. Los listos deberían saber que la paciencia de los pardillos no es ilimitada.

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