El tránsito

Eduardo Jordá

La otra parte

Apartir de cierta edad, uno tiene que convivir con determinados aspectos de su persona que no le agradan o que incluso detesta. Si uno ha ido madurando y ha ido aprendiendo de la vida, un día descubre que no es como le hubiera gustado ser cuando era joven, ni es probable ya que vaya a serlo nunca. Por mucho que le desagrade, uno sabe que es mezquino, envidioso, rastrero y cobarde. Por mucho que le disguste, uno sabe que ha hecho cosas vergonzosas y que ha tomado decisiones equivocadas. Y por mucho que se haya esforzado, uno sabe que no ha conseguido hacer ni la mitad de cosas que se propuso hacer cuando era joven.

Aprender a vivir es aprender a convivir con la decepción. En la primera juventud uno se imagina que va a ser el centro del mundo porque algún día va a conseguir todo lo que quiere. Pero al cumplir los cuarenta años -si es tan afortunado que pueda hacerlo-, uno se da cuenta de que el mundo tiene otras cosas en que pensar, así que le importa un pimiento lo que cada uno de nosotros haya hecho. El mundo, por lo general, puede pasarse muy bien sin nosotros.

La juventud es narcisista, testaruda y egocéntrica. Si no brillamos tanto como quisiéramos, si no logramos ser los mejores en todas las actividades de la vida en las que nos hemos propuesto destacar, es porque está en marcha una conjura universal que nos impide hacerlo. Los curas tienen la culpa de nuestra infelicidad, los profesores ineptos tienen la culpa de nuestra ignorancia, los envidiosos tienen la culpa de nuestros fracasos y los mediocres tienen la culpa de nuestras estupideces. La madurez, en cambio, consiste en aceptar que uno es el único responsable de sus fracasos. No valen las excusas, no valen los curas antipáticos ni los colegios aburridos donde nadie supo comprender nuestro genio. Lo que uno ha hecho mal, eso es irremediable y hay que aceptarlo. Cuesta hacerlo, pero nadie que se considere maduro puede evitarlo.

Si miramos un poco eso que conocemos como la actualidad política, parece que todos vivamos instalados en una adolescencia sin fin. Casi nadie es capaz de aceptar que debe convivir con otra parte de la sociedad que le desagrada o incomoda, pero que no podemos excluir de nuestra vida porque esa otra parte, para bien o para mal, también forma parte de nosotros. Los obispos no quieren aceptar a los librepensadores, ni los librepensadores quieren aceptar a los obispos, ni los antiabortistas quieren aceptar a las abortistas, ni los hedonistas quieren aceptar a los virtuosos, ni los beatos a los que no lo son (y al revés). Y el resultado es el reñidero de gallos de nuestra vida política, en el que todos volvemos a tener quince años y todos estamos convencidos de que nosotros, y sólo nosotros, podemos tener razón.

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