en tránsito

Eduardo Jordá

Las plagas de Egipto

SÓLO hay una cosa más desmoralizadora que la irresponsabilidad con que se comportan algunos directivos de cajas de ahorros y altos ejecutivos bancarios -sólo preocupados por sus privilegios y sus contratos blindados-, y es la alegre irresponsabilidad con que se comportan los políticos que son capaces de buscar votos en cuestiones muy serias -como el terrorismo de ETA- que un país cuerdo preferiría dejar púdicamente de lado. Pero desde que el 11-M este país se partió por la mitad (si no llevaba partido por la mitad desde el primer día de su existencia), y unos ciudadanos se empeñaron en creer que las bombas de Atocha las había puesto ETA, y otros se empeñaron en creer que las había puesto el mismo Aznar (y no los yihadistas islámicos), hemos entrado en una fase de delirio incurable. Un delirio, por cierto, muy parecido al que viven los ejecutivos bancarios que se aferran a su desenfrenado modo de vida de rockero, con sus exigencias intolerables después de años y años de giras, groupies y jets privados. El hecho de que no haya dimitido aún ningún responsable de las casi quebradas cajas de ahorros, o que como mínimo haya anunciado una rebaja de sueldo, es algo que no sé si debería inspirar risa, o rabia, o estupefacción, o todas estas cosas a la vez.

Pero así estamos. Tres años después del comienzo de la crisis, los grandes ejecutivos de la banca siguen sin reconocer la responsabilidad que tuvieron con sus ofertas delirantes de hipotecas basura o sus simples meteduras de pata (que ahora, por cierto, tenemos que pagar entre todos). Y del mismo modo que los ejecutivos bancarios, los políticos siguen enfangados en una conducta pueril y en el fondo suicida. No sé qué da más miedo: saber quiénes nos gobiernan ahora o quiénes nos van a gobernar -en Andalucía y en España- si se cumplen los vaticinios de las encuestas. En cualquier caso, se trata de la misma clase política inoperante, egoísta e irresponsable: una auténtica calamidad equiparable a las siete plagas de Egipto de la Biblia.

Y mientras esto ocurre, la sociedad se está volviendo cada día más pasiva e histérica. Basta ver la reacción al accidente nuclear de Fukushima -que ha sido causado por un tsunami y no por un fallo humano-, y el temor con que se habla -o más bien se grita- de cesio y plutonio y radiactividad, sin saber nada del cesio ni del plutonio ni de la radiactividad, y sin querer darse cuenta de que un macrobotellón puede ser mil veces más peligroso que una central nuclear. Pero da igual. La histeria sigue instalada en nuestra sociedad. Y continúan los caprichos de los banqueros. Y cada día aumenta el infantilismo de la clase política. Pero nada de eso debería sorprendernos. En realidad, las tres cosas son inseparables.

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