OPINIÓN

Adela Muñoz

El poder de la palabra

EL 10 de octubre de 2003 el Comité Noruego del Premio Nobel sorprendió a todos al anunciar que el de la Paz, uno de los más esperados todos los años, había sido concedido a la defensora de los derechos humanos iraní Shirin Ebadi. Ese año el Papa Juan Pablo II y el ex presidente checo Vaclav Havel eran los favoritos de un total de 165 candidaturas. Ambos se apresuraron a felicitar a la ganadora. Sin embargo la reacción más extendida fue de desconcierto: ¿Quién era esa mujer musulmana, iraní por más señas?

Shirin Ebadi había nacido en Teherán en cuya Universidad realizó estudios de Derecho, llegando a ser la primera mujer juez de su país, con 22 años. Apoyó de forma entusiasta la revolución islámica que llevó al derrocamiento del Sha, pero una vez instaurado el nuevo gobierno del ayatolá Jomeini, fue expulsada de la carrera judicial y relegada a trabajar como administrativa del juzgado que había presidido. Más adelante tuvo que dejar también esa ocupación y recluirse en su casa. Una vez que pasó la época más represiva del gobierno de los ayatolás, se le permitió trabajar como abogada y consiguió gran notoriedad defendiendo dramáticos casos donde los derechos de mujeres, niñas y críticos con el régimen habían sido arrollados.

Su vida, y la percepción que de las mujeres musulmanas teníamos en el mundo occidental, cambiaron drásticamente tras la concesión del Nobel. A ella el premio le brindó inmunidad en su país y visibilidad fuera de él. A los occidentales nos enseñó que no todas las mujeres musulmanas, y las iraníes en particular, eran sumisas siervas de los hombres, que había entre ellas auténticas luchadoras que podían dar lecciones a las más beligerantes feministas occidentales.

Ella siempre explica que no está sola, que en Irán hay un movimiento feminista activo sin líderes visibles que puedan ser detenidas y que cada iraní lucha para conseguir una situación más justa para las mujeres. Debe de tener razón, debe de ser más fuerte de lo que parece, pues el 21 de diciembre pasado, con la excusa de que no tenía los permisos preceptivos, funcionarios del gobierno entraron en su oficina, situada en los bajos de su casa, y confiscaron todo el peligroso material que se guardaba en ellas: carpetas con los dossieres de las víctimas a las que defiende, ordenadores con informes sobre casos de violación de los derechos humanos, etc. Por si eso no fuera suficiente, en los primeros días de enero más de un centenar de personas se reunieron frente a su casa para insultarla y amenazarla de muerte, sin ser molestados por la Policía en el país donde hay el más estricto control de las manifestaciones.

¿Qué hace ella mientras tanto? ¿Se esconde? ¿Prepara su huida? No hace nada de eso, trabaja activamente para recuperar el trabajo que le ha sido sustraído y se congratula de la publicidad que para la causa de los derechos humanos en Irán supone el acoso al que ella está siendo sometida. A pesar de ser creyente convencida, para su supervivencia no sólo confía en el apoyo de su Dios, sino sobre todo en el poder de la palabra, la palabra escrita y la palabra leída por miles de personas que difunden su lucha por todo el mundo y la hacen invencible.

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