DE POCO UN TODO

Enrique / García-Máiquez

Estado policial

GROUCHO Marx prefería los gatos a los perros porque no hay gatos policías. Yo, aunque no tengo -guardadas las debidas distancias- nada contra los gatos, me quedo con los perros. Y los perros policías son otro punto a favor de la especie. La policía, perros incluidos, es un elemento fundamental para la defensa de la ley, el orden, la paz y la justicia.

Como ven, la teoría me la sé a la perfección. Otra cosa es la práctica. Quizá corran por mis venas unas gotas de sangre gitana, dicho sea a sabiendas de que es un tópico. El caso es que yo veo una pareja de la Guardia Civil y el corazón me da un vuelco. Para mi desgracia sería el único rasgo de mi hipotético ramalazo caló, porque de cante y de baile ando más bien cortito. El otro día iba paseando apaciblemente por la calle cuando por una esquina apareció un guardia, y di un respingo impresionante. A mi mujer la asusté. Hasta de peatón me imponen un temor reverencial e irreprimible.

Con estos precedentes, ya se imaginarán cómo tengo los nervios de un tiempo a esta parte. ¿Se han fijado en la cantidad de policías que patrullan por todos lados? Y más que habrá, ya que, como explicaba Donoso Cortés, sólo hay dos posibilidades: o se fortalece la moral de las personas, para que se controlen a sí mismas, o se aumenta la plantilla. Aquí la moral brilla por su ausencia, y se ha optado por las ampliaciones de personal. Pero ni aun así dan abasto.

Y mira que trabajan. En el pasado fin de semana, me pararon el viernes por la noche para un control de alcoholemia (0,0, sí; pero el corazón en la boca y un soplido que no me salía del cuerpo), el sábado los vi varias veces de lejos, y el domingo me llamaron la atención (muy educadamente, todo hay decirlo) por no sé qué que estaba haciendo con mi motito.

Ignoro si la Policía impondrá tanto respeto a los delincuentes como a mí, probo funcionario. De mi inquietud se me ocurren varias razones. La más metafísica es la del Conde de Maistre, que no se había asomado a la conciencia de un criminal, pero sí a la de un hombre honrado, y era espantosa. No descarto, pues, un movimiento inconsciente de mi conciencia cada vez que atisba a un representante de la autoridad.

Pero no hace falta irse tan hondo para encontrar una explicación satisfactoria. Existen tales amasijos de leyes y normas y ordenanzas y bandos municipales que son imposibles de conocer ni de cumplir al pie de la letra. La seguridad jurídica sufre mucho con la inflación normativa. Los ciudadanos nos tememos que si el agente se pone quisquilloso acabará cogiéndonos en falta. De eso la Policía no tiene la culpa, ni tampoco sus perros.

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