palabra en el tiempo

Alejandro V. García

El precio del aprecio y del desprecio

UN país sin una brigada de guiñoles y marionetas de guante, dependiente por supuesto del Ministerio de Defensa, es un país inerme, expuesto a los misiles de la chufla y a la dolorosa metralla de la chanza internacional. ¡Una cosa es la OTAN y otra la guerrilla de la higa y el ludibrio, coño! Yo no sé en qué momento España, queridos compatriotas, disolvió el glorioso plantel de chacolines y marionetas de hilos que velaban armas prestas a repeler las pullas y cuchufletas del enemigo y a contraatacar con chacotas de racimo del mejor metal. ¡A la vista está en qué estado tan bajo hemos caído, cuánto está costando a nuestro honor esa ausencia fatal frente al guiñol francés! El nuevo Jemad (sí, lo repito, el Jefe del Estado Mayor de la Defensa) debería ordenar en estos cáusticos momentos una leva obligatoria en los Carnavales de Cádiz, por ejemplo, para reorganizar a la desesperada las pertinentes cuadrillas con que frenar e incluso castigar al guiñol galo.

Es verdad, sin embargo que, visto desde la pasión, el reclutamiento forzoso parece una solución fácil. Es más, aunque el juego de palabras pronunciado ante Sus Majestades los Reyes y los esforzados ganadores de la copa Davis por el mismísimo presidente del Gobierno sobre el precio del aprecio y el desprecio (o sobre el menosprecio del justiprecio del desprecio, ahora no recuerdo bien) ha levantado la moral de los españoles, la coherencia política (ay) nos aconseja disminuir la épica y abrazar la prudencia.

El ministro Wert, esa caja sin fondo de sorpresas, lo ha dicho a contracorriente y casi afrancesado: "Tenemos un problema con el dopaje". Y más. Ha añadido que emprenderá una reforma de las leyes para que España cumpla las exigencias de armonización del Código Mundial Antidopaje, y salvar así del desastre a la candidatura de Madrid a los Juegos Olímpicos de 2020. Porque, por más patriota que uno sea, si los criterios sobre drogadicción españoles no concuerdan con los internacionales en 2020 se va a producir una alucinación colectiva. Y ya no serán los muñecotes franceses sino los jueces olímpicos los que nos obliguen, como en el poema de Bernardo López García, a "gritar venganza y guerra".

Si en política económica es el eje franco-alemán el que está marcando a Rajoy los estrictos límites del déficit y el que exige justicieramente en Bruselas la aprobación del presupuesto ¿cómo vamos a rechazar la uniformidad de dopaje del merkozy olímpico? O dicho de otro modo, si a los conservadores españoles no les importa que nuestra economía se doblegue ante las exigencias interesadas del eje y obedezca al francés (¡no oigo patria tu aflicción ni escucho el triste concierto!) ¿con qué coherencia pueden sostener el sistema de pesas y medidas del dopaje nacional? ¡Y no señalo a nadie!

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