Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

Los precios

Que el colectivo empresarial tome conciencia de los males de Sevilla puede ayudar a que la ciudad despierte

De unos años a esta parte, concretamente desde que Miguel Rus se hizo cargo de su presidencia, la organización que en teoría representa a los empresarios sevillanos emite mensajes que han ganado en contundencia y que recogen un sentir cada vez más generalizado en la opinión pública de la ciudad. La Confederación Empresarial Sevillana (CES), que así se llama la rama local de la otrora poderosa CEOE, levanta su voz pocas veces, pero en sus asambleas anuales se escuchan cosas cargadas de lógica que logran captar la la atención de los medios locales. Más allá de algún tirón de orejas a la figura del alcalde de turno y de algunos argumentos poco consistentes en cuestiones como la proliferación de veladores en las zonas más turísticas, en las asambleas de la CES se empieza a hablar de una sociedad adormecida que pierde uno tras otros todos los trenes que pasan por su puerta y que necesita despertarse ya. Este año Rus, por ejemplo, ha insistido en que en la falta de desarrollo de Sevilla inciden el olvido en las inversiones de infraestructuras, tras haber quedado obsoletas las que se pusieron en marcha hace un cuarto de siglo con motivo de la Exposición de 1992, la falta de iniciativa municipal y las numerosas trabas burocráticas que obstaculizan cualquier iniciativa, el peso excesivo de una economía sumergida contra la que se demuestran ineficaces todas las campañas que se han puesto en marcha y otro factor que tiene que ver con el precio que paga Sevilla por ser la capital de la comunidad autónoma. Este último es un aspecto que no es políticamente correcto subrayar, pero que conviene destacar porque, sobre todo en los últimos tiempos, se ha convertido en un elemento distintivo que juega en contra nuestra.

El precio de la capitalidad se paga en el injusto tratamiento que recibe Sevilla tanto en los Presupuestos del Estado como, especialmente, en los de la comunidad autónoma. El miedo a que se pueda acusar al Gobierno andaluz de favorecer a Sevilla hace que se vea relegada un año tras otro. Mientras en otras capitales se gasta dinero en infraestructuras cuestionables y de no fácil justificación económica o social, las que afectan a la capital quedan una y otra vez en la cola. El ejemplo más claro es el del Metro: la Junta ha regado Andalucía de metros y tranvías mientras que la ampliación de la única línea del Metropolitano de Sevilla duerme el sueño de los justos y cada vez que se habla de él es para que el PP y el PSOE, el Gobierno central y el de Andalucía, se lo tiren a la cabeza.

El diagnóstico de la patronal es, por lo tanto, claro y certero. Pero le falta una pata para terminar de dibujar el retrato de los males que postran a Sevilla y que la han hecho perder posiciones en el ranking nacional durante los últimos años. La causa de que la ciudad no despegue no hay que buscarla sólo en factores exógenos que le son impuestos desde fuera. También influyen, y mucho, los que nos hemos creado nosotros mismos con una falta de dinamismo social por la que también pagamos un alto precio. Los empresarios de Sevilla no han sido ajenos a esa situación, como no lo han sido otros colectivos de la ciudad.

El hecho de que un colectivo tan importante como el empresariado local, integrado fundamentalmente por pymes, tome conciencia de lo que está pasando en Sevilla es claramente positivo. Sobre todo si se traduce en una ruptura del clima de conformismo en el que se ha desarrollado la vida local en las últimas décadas y sirve para que tanto ellos, los propios empresarios, como los políticos y todos los que tienen algo que decir en nuestro futuro se pongan las pilas y empiecen a mirar hacia adelante.

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