HACE algunas semanas, la directora de un programa de televisión de máxima audiencia entrevistaba al presidente del Gobierno a propósito del reportaje que había elaborado el PSOE sobre la polémica asignatura Educación para la Ciudadanía. Después de ver el documental, la periodista preguntó a Rodríguez Zapatero cuál de los dos protagonistas -un chico y una chica- le había gustado más. El presidente no se lo pensó dos veces y contestó abiertamente: "La chica". Entonces objetó la entrevistadora:

-Pero es muy repipi. ¡Parece la primera de la clase!

Esta última frase esconde un prejuicio, el mismo que tenía Dewey, el excéntrico protagonista de la divertida película Escuela de rock, del tejano Richard Linklater. Cuando está pronunciando su discurso inicial ante la clase, levanta la mano una niña morena que está sentada en el primer pupitre de la fila central.

-Dime, Campanilla -le espeta el falso profesor, poniéndose en guardia porque ya ha detectado que se halla frente a un raro espécimen.

-Me llamo Summer -dijo la niña, con una sonrisa en los labios-. Como delegada de clase, primero quisiera decirle: bienvenido, profesor -y, a continuación, formuló su pregunta-. No era una niña aduladora, sino una alumna amable, educada y resuelta, con una mente muy despejada. Era, simplemente, la primera de la clase.

En los tiempos actuales, los padres anhelan que su hijo destaque en los estudios, pero sus compañeros lo detestan cuando cumple ese cometido.

La mayoría de los progenitores está deseando descubrir en sus hijos el talento, la excelencia. Cuando el pequeño pronuncia una frase ingeniosa se quedan extasiados ante semejante muestra de brillantez intelectual. Se apresurarán a comunicar a sus familiares y allegados:

-Este niño es listísimo. Me sorprende continuamente. Fíjate lo que acaba de decir, con sólo cuatro añosý

Como es apasionante ver crecer física e intelectualmente a sus hijos, muchos padres dedican sus mejores esfuerzos a fomentar las habilidades de sus pequeños y estimular su curiosidad, llegando incluso a excederse en algunas ocasiones, cuando tratan de inculcar al niño sus propios anhelos personales sin advertir que no son adecuados. Algunos progenitores no repararán en gastos para tener contento a su hijo, tratando de crear el clima más favorable para que éste pueda progresar, y no se percatan de que, precisamente, esos abundantes medios materiales distraerán al alumno de los estudios.

De la cantidad sale la calidad y, como son muchos padres los que actúan de esta manera, en algunos casos se alcanzan plenamente los objetivos, puesto que llega a florecer la primera de la clase, una especie en peligro de extinción.

¡Ay, pero ya tenemos planteado el problema!

La primera de la clase presenta el inconveniente de levantar insolentemente la mano cuando el profesor formula una pregunta y, lo que es peor, ¡acierta siempre en sus respuestas! Y después tiene la osadía de obtener un diez en la asignatura más difícil del curso, dejando en ridículo a sus compañeros, que a duras penas logran alcanzar un raquítico cinco. Cuando esa actitud insolidaria se reitera a lo largo del curso, y de los años, provoca inevitablemente un retraimiento por parte de sus compañeros, que consideran que la clase ya no es cosa suya, pues se ha convertido en un continuo mano a mano entre el profesor y la primera de la clase. Alguno manifestará, aunque con la boca ligeramente torcida:

-Es una empollona. Dedica todo su tiempo a estudiar y así está chupado sacar una buena nota.

Pero aquí surge un error de concepto. Para sobresalir en los estudios se necesita reunir una capacidad superior y el esfuerzo que sea necesario emplear para alcanzar aquel objetivo. No basta con tener uno de estos requisitos. Muchos puestos de trabajo de la escala media están atendidos por unos superdotados que no quisieron intensificar su estudio cuando eran jóvenes, que fueron vencidos por las tentaciones audiovisuales que imperan en la actualidad o por los botellones o, simplemente, que tuvieron miedo a destacar y optaron por lo más cómodo: estudiar lo imprescindible para ir quitándose asignaturas de su camino y dar saltos de alegría cada vez que obtenían un cinco.

Las cualidades de los individuos son muy dispares y, de la misma manera que una persona normal no está capacitada para vencer en una maratón, el alumno medio tampoco podrá ser el primero de la clase por más que se lo proponga. En la Universidad, sólo el 4 por ciento de los estudiantes alcanza una nota media de sobresaliente y ya estamos advirtiendo, con cierta preocupación, que hay cursos que carecen de la primera de la clase.

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