La tribuna

José Luis Rodriguez del Corral

Las 'raíces'

LAS metáforas operan en el lenguaje común tanto como en el literario, pues forman parte del acervo del idioma y, a menudo sin ser advertidas, ayudan o entorpecen las nociones que nos hacemos de las cosas. A su formidable capacidad asociativa debemos descubrimientos fulgurantes pero también, cuando no se las toma como lo que son, alguna necia servidumbre. El sentido figurado de la metáfora se alcanza por la imaginación y responde más a la noción de adecuado o inadecuado que a la de verdadero o falso. Las faldas de la montaña o la copa del árbol son una ayuda a la capacidad de representación; en modo alguno se pretende que las montañas se pongan o se quiten faldas ni que los árboles consistan en recipientes para servir agua o vino. Todos los días utilizamos cientos de metáforas semejantes sin que se repare en ellas. A algunas de estas metáforas, sin embargo, se les otorga erróneamente un sentido literal; su alcance imaginario queda acuñado en un tópico y adquiere así una rotunda realidad que oculta su condición de mera figura.

Las raíces, a las que tanto se alude en los más variados ámbitos de nuestra vida pública, son una de estas metáforas tópicas que se presentan como hecho incontestable. ¿Quién puede dudar a estas alturas, tras haberlo oído y dicho incontables veces, que tenemos raíces como las plantas? ¿Y por qué resulta el enraizamiento tan atractivo a pesar de oponerse a la más antigua y elemental de las libertades: la de movimiento? Estar arraigado para siempre en un lugar fue algo propio del feudalismo, que ha pervivido en muchos lugares hasta hoy, como pervivió en la Rusia de los mujiks y después en la Unión soviética con los pasaportes interiores que prohibían a la población mudarse de su lugar de residencia. Todos los regímenes despóticos han estado siempre a favor de que sus súbditos tengan hondas raíces que les impidan moverse. El primer significado de esta figura es nacer autóctonos, de la misma tierra como las patatas, y crecer y morir en el mismo lugar, algo que se opone a la vitalidad y libertad del género humano.

Hay desde luego un segundo significado, más sofisticado, que no se opone tanto a la movilidad. No es necesario estar atado al terreno para gozar de raíces, pues éstas se convierte en un patrimonio espiritual que te acompaña allá adonde vayas y te define con preferencia a cualquier otro rasgo o consideración. Por supuesto, a pesar de su inmaterialidad, las raíces nunca son algo personal, que pueda elegirse, sino una herencia que no puedes rechazar salvo que reniegues de tu propia madre. Son la base de la identidad, o al menos así se presentan, pero no son individuales, remiten siempre a un grupo social y sus costumbres. Ocupan hoy, en buena medida, la consideración que se le daba antaño al linaje, cuando eras prisionero de tu nacimiento, alto o bajo, y no había movilidad alguna en la escala social.

Como figura, el arraigo no es más que la manera convencional de representar la hondura de ciertos afectos y relaciones, de una memoria compartida; otorgándole un sentido literal resulta una trampa cuyo significado último es netamente conservador. Son lo nuestro, lo propio, algo entre ancestral y costumbrista que se pretende anclado tanto en la historia como en el inconsciente colectivo de la cultura popular. Eso sí, de manera tan caprichosa como inadecuada al mundo en que vivimos. Nadie dice: mis raíces están en Newton; no cabe duda, sin embargo, de que la teoría de la Gravedad es la raíz, por así describirlo, de nuestra era. Pero Newton es un referente universal, inválido por tanto para esa metáfora que, portátil o no, está al cabo ligada al terruño. No importa que seamos mucho más hijos de aquel sabio que de la Inquisición o el Califato, realidades de hace siglos que se pretenden sin temor en las raíces de españoles o andaluces. Las raíces no se eligen, te toca lo que te toca. Nadie dice tampoco que las tiene en los libros, a pesar de que para muchos los afectos más hondos residen en su biblioteca. Y es que en la lectura, como en cualquier otra pasión media la voluntad, el gusto, el deseo, potencias todas de indudable afición al movimiento.

Los seres humanos estamos hechos para andar, no para estarnos quietos como si estuviéramos plantados en un arriate. Desarraigo suena mal, pero siguiendo la metáfora es lo que nos permite ir de acá para allá tanto espacial como intelectualmente. Yo al menos me alegro de haberme desarraigado de muchas de las cosas que me vinieron impuestas por mi tiempo y de algunas en las que creí con convicción sentimental. Las raíces son una metáfora nostálgica en un mundo cada vez más cosmopolita, nada tienen de malo como figura del apego a determinadas costumbres, pero sí me parecen perniciosas convertidas en imposición histórica o cultural. No es bueno mirarse demasiado las raíces, corre uno el riesgo de pasar del dicho al hecho y quedarse tan inmóvil como un vegetal.

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