palabra en el tiempo

Alejandro V. García

En realidad

LA realidad es, según el tópico, un conjunto de hechos obcecados, invariables y definitivos. La realidad tuerce la voluntad, dinamita la intención y se impone como la única verdad posible. Así lo ha dicho el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, es una entrevista aparecida el domingo en cuatro rotativos europeos. "Quien me ha impedido cumplir", ha explicado literalmente, "mi programa electoral ha sido la realidad". La realidad, expresada de esta manera, es como un político marrullero y secreto, casi incorpóreo, que no gasta tiempo en elecciones y se limita a recomponer o incluso a contradecir lo que los políticos reales comprometen a sus electores. Rajoy dijo que subiría el IVA, pero la Realidad (escribámosla en mayúsculas en correspondencia a su poder sobrenatural) y no el presidente del Gobierno ha dispuesto lo contrario. Culpemos pues de nuestras cuitas septembrinas a un golpe de mano del realismo sucio. ¿Sería posible, a la vista de su preponderancia, votar a la realidad antes que a los candidatos? ¿O sería más prudente que los gobernantes en general se revistieran de más realismo? ¿No será la realidad una añagaza para tapar la mentira? ¿O una de las caras del embuste o mucho peor, de la incertidumbre y la duda?

Teniendo en cuenta el cariz interesado de la llamada "realidad" cabe preguntarse cómo y de dónde surge, en qué suelo prospera y quién la estercola. El recurso a que la realidad la ideó Zapatero y la transmitió en uno de los codicilos de su herencia a los gobernantes actuales ha sido superado por la propia realidad. Ya la Realidad se encargó también en su día de enmendar la voluntad al socialista como, por ejemplo, cuando decidió alterar de un plumazo y contra pronóstico la Constitución e introducir la referencia al dogma del déficit. La "realidad", en aquella ocasión, era una suma de imposiciones de los mercados y de mandatos realísimos de los bancos y los fondos mundiales.

Pero no es menos cierto que mientras la Realidad tuerce a su antojo las promesas de los gobernantes fomenta un tipo de realismo angustioso y depravado que afecta exclusivamente y con especial crueldad a una sociedad condenada a moverse al son de la impotencia de sus políticos y de las consecuencias de ese azar malévolo.

Dice Rajoy en la citada entrevista que "cuando pueda", es decir, en un espacio de tiempo inconmensurable cuya duración depende del antojo de la Realidad, bajará el IRPF. Y de la Realidad que marque o vocee el BCE dependerá que el presidente pida un eventual rescate o "asistencia financiera". "No encontrará usted ningún Gobierno", concluye la entrevista, "que en los ocho meses de su legislatura haya cambiado tantas cosas como el mío". Con el permiso, por supuesto, de la terca y férrea Realidad.

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