Alto y claro

josé Antonio / carrizosa

En la red

EN una sociedad moralmente fuerte y con un sistema de valores sólido el exabrupto de un descerebrado, cegado por el odio, que se alegra de la muerte de un ser humano y además lo insulta con recochineo no alcanzaría la categoría de escándalo nacional, por mucho eco y seguidores que encontrara en el estercolero en el que debe moverse y por mucho que quieran inscribir la cuestión, de forma absolutamente disparatada, en un debate que sí está en la opinión pública: la pervivencia en nuestro tiempo de un espectáculo como las corridas de toros. Pero, desgraciadamente, la dictadura de las redes sociales y la confusión que existe en torno a ellas y al papel que juegan en según qué cosas nos ha cogido con las defensas bajas como colectividad y en un momento en el que parecemos incapaces de distinguir lo importante de lo nimio. Las redes, muy significadamente Twitter, son un inmenso campo sin vallar donde cada cual dice lo que le da la gana como le da la gana. Ese es, digámoslo así, su objeto social. Si no se le pueden poner puertas al campo, mucho menos a un fenómeno de estas características y cualquier intento que se haga está condenado al fracaso. Quizás, afortunadamente. El error de base del que se parte es que cualquier idiota capaz de poner cualquier idiotez en ciento cuarenta caracteres obtiene eco, incluso más que un comentario inteligente o la noticia lanzada por un medio de comunicación serio. Decía Warhol que todo el mundo debería tener derecho a cinco minutos de fama. El cretino del tuit del torero muerto lo ha conseguido y me lo imagino celebrándolo con otros de su calaña. Pero es un inmerecido honor que le he hemos hecho convirtiéndolo en objeto de comentario permanente en tertulias de radio y televisión y en tema de continua circulación en esas mismas redes.

Pero Twitter y demás han llegado para quedarse y son lo que son. Tienen una auténtica montaña de posibilidades de interacción y de comunicación social. Todos los medios que nos tenemos por serio y responsables estamos ahí y le prestamos cada vez más atención. Pero, como todo, tiene también su lado oscuro y su correspondiente cuota de irresponsables y locos. Hemos creado un instrumento potentísimo -vean por ejemplo el tráfico que movió ayer la muerte del Lebrijano- pero no hay forma de impedir que los tontos también se hagan fuertes en él. El problema, como decía, es que cuando la tontería la elevamos a categoría de acontecimiento. Es algo sobre lo que, como sociedad, haríamos bien en reflexionar. Por la cuenta que nos trae y porque esto no ha hecho más que empezar.

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