La tribuna

antonio Gutiérrez Limones

No son refugiados, son personas

COMO miembro de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa he tenido ocasión de comprobar sobre el terreno cuál es la situación en la que viven los 54.000 refugiados instalados en los campos de Grecia. La mayoría son sirios, una parte significativa afganos y están presentes grupos menores de otras nacionalidades.

Es muy difícil trasladar la situación en la que se encuentran las personas refugiadas en instalaciones concebidas inicialmente como campos de tránsito, pero que se han convertido en instalaciones permanentes tras el cierre de fronteras y, en muchos casos, distan de ofrecer unas condiciones de vida dignas a las personas que los habitan. Hay campos como Pireus y Eleniko en los que las familias viven en tiendas, a casi 40 grados, con un irregular acceso al agua, y necesidades básicas no cubiertas. Con la ayuda de ONU y UE se están instalando viviendas container en algunos campos, pero hay carencias de todo tipo y todas las soluciones parecen fluir muy lentamente para desesperación de las personas que padecen esta situación.

Empiezan a surgir problemas de convivencia y seguridad en los campos. Allí, en un entorno no conocido, con reglas poco claras, conviven diferentes etnias, nacionalidades y religiones. Dos tercios son mujeres y niños. Hay muchos menores solos, personas discapacitadas y familias monoparentales. Necesidades muy distintas que exigen medios, capacidades organizativas y experiencia en la gestión que muchas veces no están disponibles.

La mayor demanda de los refugiados es la información. Quieren irse de Grecia a otro país y no saben si podrán hacerlo. Se va a iniciar una nueva fase de identificaciones para cumplir la normativa europea, algo que probablemente sea muy razonable, pero que allí se vive como la tragedia de nuevos meses de espera, de posibles decisiones injustas, de inseguridad, de miedo. Muchos tienen parte de su familia ya en Alemania y quieren reunirse con ellos; otros esperaban la oportunidad de otros destinos en Europa que no acaban de concretarse.

En su mayor parte son personas que jamás se vieron viviendo fuera de su país. La guerra, el riesgo de perder la vida, hace que muchos se lancen al mar para buscar un destino. Siguen llegando refugiados y con ellos muchos inmigrantes del norte de África. Una gran parte de los refugiados o inmigrantes son trasladados a Turquía, tras el acuerdo que Europa ha firmado con ese país.

Las autoridades griegas están muy preocupadas. Tuvimos ocasión de hablar con varios ministros, parlamentarios y representantes de organizaciones internacionales que están gestionando, casi en solitario, esta situación. Están exangües. El clima social en Grecia es estable, pero las autoridades nos trasladaron una preocupación: en cualquier momento, si se dieran brotes de criminalidad, por ejemplo, todo podría estallar. No olvidemos que Grecia sufre una severa crisis económica y social. Empiezan a subir los apoyos a los partidos de ultraderecha y se producen manifestaciones de Amanecer Dorado contra inmigrantes y refugiados.

Sólo una acción coordinada de Europa puede encauzar la situación. Encapsular el problema en Grecia y Turquía (algo ilegal e inhumano a juicio de muchos) sólo embalsa el problema, no lo resuelve. Europa se juega su modelo social y su prestigio internacional en la solución de esta crisis, a nosotros también nos puede arrojar el mar a la arena.

El problema de las migraciones y las peticiones de asilo masivo no desaparecerá, la cortedad de miras y el cinismo con el que muchos gobiernos se niegan a colaborar es autolesivo. No estamos tratando con un problema, sino con una tendencia que tenderá a crecer. En el caso de los países mediterráneos, somos vecinos de personas que padecen condiciones de vida y de libertad deficientes; personas conscientes de la existencia de otros mundos y capaces de sugerirse, a sí mismos y a los demás, alternativas. Las carencias institucionales hacen que los conflictos tiendan a polarizar el país, los extremistas toman el control de la situación y la gente normal es expulsada, son víctimas de unos u otros, dejan de identificar su país como un lugar en el que anclar una identidad, un proyecto familiar. Dejan de sentirse miembros de una comunidad y, como es lógico, buscan otra.

Súmense a eso factores demográficos, Europa envejece, mientras la población de África, un continente con regímenes políticos que no se caracterizan por la redistribución de rentas o la preocupación por la mejora de las condiciones de vida, se doblará de aquí a pocos años.

Europa debe implicarse en el desarrollo económico, el fomento de la paz y la defensa de las vidas inocentes en la zona. Si hay algo que diferencia a Europa del resto del mundo es nuestro modelo social. Y es precisamente ahora cuando hay que ponerlo en valor. Todo esto, de hacerse, no llegaría a quienes ya han perecido en el intento, y llegará demasiado tarde a las personas que habitan los campos de refugiados. Mi esperanza es que llegue a tiempo para evitar la salida de otros.

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