la esquina

José Aguilar

Un relato contra Camps

SOLO frente al mundo, y se salió con la suya. Nadie creía en su inocencia. Ni siquiera su propio partido, que le obligó a dimitir porque no era presentable que se sentara en el banquillo siendo presidente de la Generalitat valenciana. Hasta dos de sus correligionarios implicados en el mismo caso le dejaron en mal lugar al admitir su culpabilidad y pagar la sanción correspondiente, librándose del juicio.

Francisco Camps no quiso pactos ni componendas. Se sintió siempre víctima de una cacería política protagonizada por aquellos a los que derrotaba una y otra vez en las urnas, y esta convicción suya le impidió aceptar la simple idea de que sus relaciones de amistad con el Bigotes y demás compinches eran, siendo un servidor público, indecorosas y antiestéticas. El tiempo le ha dado la razón a esta estrategia. El tiempo y los nueve miembros del jurado que lo han declarado no culpable de cohecho impropio. No hay vuelta de hoja: Camps ha sido declarado inocente. Como lleva diciendo desde el primer día.

Que a algunos nos parezcan lamentables sus gestos, palabras y actitudes con los miembros de una trama dedicada a enriquecerse a la sombra del poder (del PP, se entiende) es indiferente a los efectos que comentamos hoy: que no se ha demostrado que a Camps le pagaran sus trajes y le hicieran regalos a cambio de favores. Porque era eso lo que tenían que demostrar la Fiscalía y la acusación socialista, y a la mayoría del jurado no la han convencido. No era Camps quien debía probar que él se compraba su ropa.

Está pasando algo grave con la justicia penal en España. Como no se respeta el secreto de los sumarios, las diligencias se pregonan automáticamente, los abogados filtran según interés de su clientela y los medios informativos nos lo tragamos todo, cuando un caso sonado llega a juicio la gente ya tiene dictada su propia sentencia. Se ha creído a pies juntillas un informe policial, el testimonio de un resentido, una escucha no autorizada, un dictamen de la Agencia Tributaria o la confesión precipitada tras una noche en el calabozo. A los ciudadanos se les suministra un relato precocinado de los hechos tan digerible que ya creen saber qué pasó y quién es el culpable. Lo que viene luego, cuando un jurado o un tribunal ha de decidir según las pruebas que se les aporten y decide en sentido contrario al esperado, es la decepción, el malestar con la Justicia, la ira contra los jueces.

Nadie encara un juicio ajeno aferrado a la idea de que todo el mundo es inocente mientras no se demuestre lo contrario. Camps lo era en el caso de los trajes y regalos (le quedan pendientes otras ramificaciones de Gürtel en Valencia). Como los presidentes de otras cinco autonomías, que también tuvieron que dimitir.

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