Un día en la vida

manuel Barea /

El serial

DURANTE todo este tiempo, desde el que parece ya muy lejano día de las elecciones -aquel 20-D-, hemos seguido viviendo. Los términos colapso, parálisis, bloqueo, atasco y otros similares nos han servido a algunos para escribir acerca de algo que cada vez va pareciéndose más a una abstracción. No algo que ocurre, sino algo emitido desde una frecuencia remota, una señal cada vez más difícil de sintonizar, saturada de ruido de fondo, plagada de interferencias, chasquidos eléctricos e interrupciones. Mientras tanto, a este lado todo ha seguido su curso. ¿Con más lentitud? Yo no he percibido ningún cambio de ritmo, ni más ni menos velocidad en las cosas. Las calles se han llenado y se han vaciado a su hora, como siempre. La vida cotidiana, eso que para entendernos damos por sentado que es la realidad, ha ido sucediendo. Los hechos, previstos o sorpresivos, han ocurrido. Y por supuesto ha salido el sol, ha habido días nublados y ha llovido. Y se han oído carcajadas de una alegría contagiosa y se han derramado lágrimas en soledad. Y unos pocos han tenido la dicha de encontrar un trabajo y otros se han visto sin él, repentinamente o tras haberse larvado el despido durante algún tiempo.

Entretanto, al encenderse, la televisión cuenta un serial de cartón piedra por el que transitan repitiéndose una y otra vez los mismos personajes con nombres vulgares en una sucesión de episodios infumables que hablan de eso tan antiguo que es la lucha por el poder. A través de una ventana abierta sube de la calle olor a mierda. De caballos, pero mierda al fin. Son jinetes que van a la fiesta. Hasta allí fue un alcalde, invitado por otro, un rival político que en estos días presume de cortesía anfitriona. También olisqueó la peste ese alcalde agasajado, pero el vino, el jolgorio y su rudeza de pésimo actor de reparto le impidieron catar que era el presagio de que estaba viviendo la víspera de su caída. Poco después del amanecer, los policías entraron en el Ayuntamiento y se lo llevaron. La fiesta en la que se había divertido como invitado, ajeno a lo que el guión tenía preparado para él, siguió su curso. Puede que hasta con algún que otro brindis por su desgracia.

Tal vez sea otra entrega de ese serial de la tele que ponen desde el 20-D, con su trama soporífera, sus personajes estomagantes, sus capítulos intragables. De los que no nos atrevemos a desconectar. El penúltimo el de este alcalde. La segunda temporada está al caer.

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