Manuel J. Lombardo

'La soledad' era esto

HUBIERA sido sorprendente y hasta contradictorio que Los girasoles ciegos no hubiera obtenido este año el mayor número de candidaturas a los Premios Goya. Su designación para representar a España en los Oscar, la convertía en la candidata ideal para refrendar los criterios y el apolillado espíritu académico que rige el autobombo de esta celebración anual de la industria y los profesionales del cine español. Se trata, ya lo hemos escrito aquí, de una película mediocre en su acartonada corrección (tambíén política), trazada a la medida de las expectativas de un público nostálgico, un producto que se acomoda en los clichés del cine sobre la Guerra Civil amparado en la literatura de prestigio, un director artesano y un elenco mediático.

Al margen de estas obviedades, el reparto de candidaturas de este año nos habla también de ese nuevo concepto del cine transnacional pagado por las televisiones y que no tiene otra patria que la del registro mercantil. Ahí están Che, el argentino y Vicky Cristina Barcelona, de los norteamericanos Steven Soderbergh y Woody Allen, o Los crímenes de Oxford, el thriller británico de Álex de la Iglesia, para corroborar las respectivas apuestas de Tele 5 o Mediapro (Sogecine está detrás de Los girasoles…) por exportar cine español (¿?) a golpe de talonario, plantel y look internacional, emulando así los casos recientes de Los otros, El laberinto del fauno o El orfanato. Si la cinta protagonizada por Benicio del Toro tiene cinco opciones de premio, la de Woody Allen, sin duda la de mejores cifras de taquilla de su última etapa, tan sólo ha puesto en liza a una Penélope Cruz que este año busca su premio directamente en Hollywood.

A Díaz Yanes le debía la Academia una pequeña rectificación por el maltrato que recibió su Alatriste en 2006. Se entiende así que Sólo quiero caminar, una película menos interesante y arriesgada que aquélla, hermana pequeña de la excelente Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, llegue a la ceremonia con once candidaturas. Si su cinta necesita viajar a México para justificar sus hipertrofiadas hechuras de género, Camino se nos queda (muy) en casa, con su delirio kitsch sobre el lado oscuro del fanatismo religioso del Opus Dei. Sobrecargada de estímulos, maniquea hasta decir basta, la cinta de Fesser denota la inmadurez mortadeliana de un director al que el asunto de la trascendencia le viene demasiado grande. Aún así, la excentricidad formal de su propuesta se ha visto recompensada con siete candidaturas.

Repartido el pastel entre los grandes (grupos), y con la diferencia borrada por omisión o marginada en las pedreas, sólo cabe confirmar, como ya anunciamos, que lo de La soledad y Jaime Rosales del año pasado tan sólo era un espejismo. Porque ¿cuánta gente, profesionales y votantes incluidos, fue a ver este año su Tiro en la cabeza?

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