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Rafael Padilla

La sonrisa de María

MÁS allá de la vergüenza y de la indignación que producen las imágenes del intento de agresión sufrido esta semana por María San Gil en la Universidad de Santiago, éstas constituyen un síntoma -y grave- de la pérdida de los valores democráticos que, a marchas forzadas, se está produciendo, y hasta consintiendo, en el seno de la sociedad española.

Es literalmente inadmisible que un grupúsculo independentista como AGIR, no olvidemos que hermanado con Ikasle Abertzaleak, la rama estudiantil de Batasuna-ETA, campe por sus respetos en las aulas compostelanas. Asusta la impunidad con la que estos supuestos universitarios gritan sus consignas de muerte, ante la aparente inacción de unas autoridades académicas más atentas a no estorbar la ceremonia de la barbarie que a defender la libertad y la pluralidad. Asusta pero no extraña, porque son conductas ya habituales en las universidades catalanas y vascas.

Esos hijos del odio, por otra parte, no surgen por generación espontánea. Son la parte visible, los cachorros rabiosos, de una ideología totalitaria que, bajo la romántica bandera del nacionalismo, acepta y fomenta la exclusión de quienes no comparten sus ideas. La reacción tibia y tardía de los partidos gobernantes en Galicia -PSOE y BNG- insinúa oscuras complacencias que recuerdan la comprensión tradicional con la que las izquierdas enjuician los excesos de los suyos. Imaginará el lector cuál habría sido la actitud de los mismos, y del poder estatal, si la víctima perteneciera a sus filas. El presunto empujón a Bono, y las consecuencias que le siguieron, me excusan de establecer una comparación por tantas razones odiosa.

Y es que empieza a sonar a chiste la insistencia de Zapatero en culpar a Rajoy, y al PP, de crear un ambiente de crispación. Extraña paradoja ésta, vive Dios, en la que los insultos más o menos explícitos, los encarcelamientos prometidos, las coacciones a la libre expresión, las amenazas de muerte y los cinturones sanitarios los ponen unos y la cuerda se dice tensada por los otros.

Del incidente, a la postre, me quedo con la serenidad de María. Ella, que presenció el horrendo asesinato de Gregorio Ordóñez, es un ejemplo impagable de coraje y de lucha, de dignidad, de rebeldía frente a la injusticia, de afirmación de la libertad individual en un tiempo de tenebrosas libertades colectivas. Su rostro sonriente, aun en el ataque de las bestias, es el mejor símbolo de la verdadera España alegre. Ésa que no está dispuesta a dejarse vencer por el miedo, que cree firmemente en la democracia y que no va a permitir que nadie, se disfrace de lo que se disfrace, acabe arrebatándosela.

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