TIEMPOS MODERNOS

Bernardo Díaz Nosty

La suerte está casi echada

SUENAN las esquilas que buscan reunir a los rebaños electorales. No es probable que en tres meses varíe la que será noticia en los diarios del 10 de marzo. La polarización política ha marcado las cartas. La derecha y la izquierda arrastran, en desigual medida, demasiadas nostalgias simbólicas de confrontación. Inercias oscurantistas que sustituyen razón por pasión -más por falta de ideas que por exceso de fogosidad-, y reaniman aquellos "demonios familiares" que el dictador usaba como espantapájaros.

Las elecciones miden la aceptación o el rechazo de la gestión política y no tanto el número de fieles de los partidos, porque éstos, afortunadamente, ni son iglesias ni pregonan verdades eternas. En la tradición anglosajona, el elector no está tan sujeto a la marca partidaria y es mucho más frecuente optar, alternar, elegir... Aquí, el voto se mueve poco y lo que varía es la abstención, que revela la moral de la hinchada. Es en la mayor o menor participación donde se juegan los minutos finales del encuentro. Improbable que el elector del tronco González-Almunia-Zapatero dé el salto a Rajoy, y mucho menos que quien acaricia el póker Suárez-Fraga-Aznar-Rajoy se la juegue con Zapatero.

Joseph DeVito, veterano comunicólogo americano, tomó el concepto de "ruido" de la teoría matemática de la información y lo equiparó, en la comunicación humana, con las interferencias psicológicas y semánticas. Las psicológicas predisponen a no escuchar las razones del contrario, diga éste lo que diga; es como predicar en el desierto. Las semánticas se refieren a los mensajes con desigual significado según quien hable y quien escuche... Estas interferencias han sido atizadas aquí por los mismos que, huérfanos de ideas, han levantado el muro que impide entender España con casa común o aceptar que el ganador de los comicios, sea quien sea, será el presidente de todos. Afortunadamente, queda el equilibrio de la mayoría sociológica, que amortigua los golpes de las dos Españas simbólicas y cree más en este país que los promotores de cruzadas de salvación.

Los votantes de un partido son cien veces más que sus militantes y deciden en las urnas. Habrá que fundar asociaciones de votantes y moderar los caprichos endogámicos, como los de esas listas y cuotas de poder ajenas al sentido común. Poner bridas a los iluminados que reducen la participación democrática al trágala o a una procesión periódica a las urnas por el camino de la abstención. Con partidos de cuadros, de escasa militancia y pura finalidad electoralista, las asociaciones de votantes serían el correctivo necesario para poner a trabajar a los políticos en el arte de lo posible y acabar con la cantinela que anuncia, cada cuatro años, la llegada de un lobo que, al final, nos toma por caperucita roja [o azul].

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