La tribuna

Rafael Caparrós

El sumidero afgano

AFGANISTÁN no es sólo un Estado fallido, en cuanto incapaz de monopolizar el uso legítimo de la violencia dentro de su territorio, sino además un agujero negro político, una especie de sumidero intemporal capaz de asimilar todo tipo de agresiones exteriores, permaneciendo, no obstante, como un objeto político aparentemente incólume. Otra cosa es, naturalmente, el brutal coste humano y social de esa perversa dinámica política imperialista, no sólo en términos de las vidas y haciendas de los combatientes, sino especialmente de las de civiles inocentes, tal como han mostrado dramáticamente los documentos filtrados por Wikileaks.

Desde que conquistara su independencia como país en una prolongada guerra contra los invasores británicos a comienzos del XIX, Afganistán ha venido padeciendo casi ininterrumpidamente guerras de todo tipo. Las penúltimas han sido la que libraron contra los invasores militares soviéticos que apoyaban al Gobierno comunista de Kabul en los ochenta, a la que siguió la guerra civil que ganaron los talibanes en 1996. La última es la que viene librando desde 2001 contra los invasores militares estadounidenses y sus aliados de la ISAF (Nato's International Security Assistance Forces), a la que ahora éstos quieren poner fin. Porque, en efecto, Obama quiere liquidar cuanto antes la penosa herencia bélica de su antecesor en Asia Central. Cumpliendo su promesa electoral de finalizar la guerra de Iraq en 2011, acaba de ordenar el cese de unas operaciones militares que han durado más de siete años, manteniendo, no obstante, un pequeño contingente de tropas para la supervisión y el entrenamiento de las precarias fuerzas de seguridad iraquíes.

Y también en Afganistán hay ya claros signos liquidacionistas de retirada de tropas y de afganización del conflicto. Una gran conferencia de Naciones Unidas acaba de aprobar, en efecto, el extenso documento titulado Un renovado compromiso del Gobierno de Afganistán con su pueblo; un renovado compromiso de la comunidad internacional con Afganistán, obra, del sueco Steffan de Mistura, enviado especial de la ONU en Afganistán, a quien se atribuye su filtración al diario británico The Independent, según la cual el corrupto presidente títere Hamid Karzai anunciaría que la Policía y el Ejército afganos estarían en 2014, año en que empezarían a retirarse las tropas extranjeras, en condiciones de hacerse cargo de todas las operaciones de seguridad.

Pero los gobiernos más involucrados en la guerra, como los de Canadá, Holanda o Australia y, sobre todo, el de los propios Estados Unidos, han mostrado tener mucha más prisa en escapar del sumidero afgano. El Gobierno Obama cifra el comienzo de la retirada de sus tropas en julio de 2011, aunque los portavoces del Pentágono y el propio general Petraeus, matizan siempre -excusatio non petita…- que no se trata de hacer la maleta, apagar la luz y salir corriendo, sino de una previsión razonable sobre la evolución del conflicto, que en la práctica se ceñirá a las circunstancias que se den sobre el terreno. Hillary Clinton tuvo que hacer no pocos esfuerzos dialécticos en Kabul para acomodar los dos calendarios, con la fórmula de que se trata de "acelerar el proceso de traspasar a la Policía y el Ejército afganos la iniciativa de las operaciones desde julio de 2011". Pero, dígase como se quiera, lo cierto es que "la comunidad internacional" ha decidido ya abandonar Afganistán, sin que exista la menor posibilidad de obtener algo parecido a "una victoria". Bastará con lograr en Kabul algo parecido a un gobierno comprado, presidido por el intrigante Karzai, que forzara a una paz comprada a los insurgentes talibanes más accesibles, y que rehusara dar a Al Qaeda una base de operaciones segura y estable. Ese criterio realmente modesto -que supone todo un triunfo para Ben Laden- es el perseguido ahora en Washington, a diferencia del diseño estratégico neocon de Bush y sus extravagantes planteamientos ideológicos de "exportación de la democracia".

Así pues, los proveedores de fondos para esa compra de voluntades políticas, y las escépticas opiniones públicas de los países implicados respaldan el calendario de la conferencia y, lo que es más importante, su eje central: la afganización de la guerra. Un término que inevitablemente rememora el viejo logro semántico-político de Henry Kissinger: la vietnamización de aquella otra guerra perdida por los EEUU. En Vietnam no se pudo comprar a la insurgencia, porque era genuina, unitaria y patriótica, pero en Afganistán, un Estado fallido, quasi zombi, sí hay posibilidades de arreglar con dinero ciertos problemas y comprar ciertas adhesiones.

Pero ello, desde luego, no garantiza ni el final de su sempiterna guerra civil, ni la más mínima modernización de aquella desestructurada sociedad tribal, ni la vigencia de unos sistemáticamente pisoteados derechos humanos, cuyas principales víctimas propiciatorias siguen siendo las pobres mujeres afganas.

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