EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

La tierra giró para acercarnos

DOS amigos me han mandado felicitaciones de Navidad con poemas del venezolano Eugenio Montejo, que murió en junio de este año que está a punto de terminar. A Eugenio Montejo le pasó una de las cosas más raras -y más honrosas- que le pueden pasar a un poeta: Sean Penn le recitaba a Naomi Watts, en la película 21 gramos, tres versos de uno de sus poemas, La tierra giró para acercarnos. No he visto la película, pero me gustan Sean Penn y Naomi Watts. Y sobre todo me gusta la sobriedad con que leen la poesía los norteamericanos, tan distinta del dramatismo impostado que tanto se usa en España.

Eugenio Montejo recitaba muy bien. Tuve la suerte de oírle recitar sus poemas y de hablar con él (muy poco, cinco o seis minutos). Me dio su dirección de correo electrónico y me pidió que le escribiera a Caracas ("Ahora tengo mucho tiempo libre", comentó con una sonrisa triste, que yo no entendí en su momento, pero que ahora imagino que se refería a la enfermedad que ya padecía). Montejo era un hombre de una inmensa bondad que no se alteraba ni levantaba nunca la voz, pero cuando salió a relucir el nombre de Hugo Chávez, su mirada se volvió recelosa, como si hubiera visto algo raro en la pared: un sapo cornudo, una tarántula, una babosa. Luego supe que estaba muy enfadado con la demagogia de Hugo Chávez, y unos meses después, cuando Chávez perdió uno de los muchos referendos que había convocado, estuve a punto de mandarle un mail para darle la enhorabuena. Al final no lo hice, y ahora siento no haberlo hecho.

Hoy es Nochebuena. Montejo no era creyente -o si lo era, lo era a su modo, sin iglesias ni dogmas-, pero en el poema que me ha llegado en una felicitación vienen estos versos suyos, unos versos que otro Sean Penn debería recitarle ahora mismo a otra Naomi Watts: "Creo en la duda agónica de Dios,/ es decir, creo que no creo,/ aunque de noche, solo,/ interrogo a las piedras,/ pero no soy ateo de nada/ salvo de la muerte". En estos tiempos en que hay tantos ateos de todo, incluso de la bondad y la decencia y la generosidad, incluso de la inteligencia, uno prefiere refugiarse entre la gente como Eugenio Montejo, que no es atea de nada, salvo de lo único que importa.

El cristianismo no es una doctrina "represiva y castradora" -como creen muchos que tuvieron la mala suerte de ser educados por un hatajo de curas estúpidos, y ahora también se expresan como curas estúpidos-, sino una forma de vivir que se basa en muy pocos principios. Ni siquiera hace falta creer en Dios. Basta creer en el misterio de la bondad, ese misterio que yo vi aparecerse en los ojos de Eugenio Montejo cuando estuvimos conversando unos minutos, porque la tierra, por un segundo, había girado sólo para acercarnos. Feliz Navidad.

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