La tribuna

Jose Manuel Aguilar Cuenca

El tirano de la casa

EN nuestra sociedad se está produciendo una lucha feroz y silenciosa que, cada vez con mayor frecuencia, salta a los medios de comunicación, llenando horas de tertulia de los ciudadanos. Esa lucha la protagonizan dos entidades, lejanas pero participantes en todo, desde consejerías, a subcomisiones, asociaciones de vecinos o nuestras propias familias. Por un lado la realidad, entendida como aquello que designa la naturaleza absoluta del mundo, tal como es. En el otro frente, la representación, que correspondería al resultado por el cual la percepción presenta un objeto a la conciencia.

Esta guerra encarnizada entre lo que es y lo que yo creo o deseo que sea una cuestión se muestra de forma cotidiana, generando víctimas y verdugos en muchas más situaciones de las que uno es capaz de imaginar. Cuando hace un año una madre del pueblo jiennense de Pozo Alcón fue condenada por darle un bofetón a su hijo, la realidad se nos hizo presente, aplastada por la representación que las instituciones -judiciales, políticas, educativas, etc.- hicieron de ella. Muchos fueron los comentarios sobre aquel tema e, igualmente, muchos nos expresamos sobre el hecho.

Ahora, la realidad, tozuda, inmisericorde, que muchos creyeron se había ausentado, tal vez mudada a otro lugar de playas más serenas, ha vuelto. Esa es su naturaleza, hacerse presente, tal vez un siglo después, tal vez sólo un año, como ha sido en este caso. Esa madre, desautorizada ante su hijo, ha reclamado que sea la Administración Pública la que se haga cargo de su educación. La madre ha declarado que el niño utiliza la sentencia para amenazar y chantajear a los padres. Esta madre se ve sobrepasada por una realidad, sintiéndose indefensa ante el comportamiento "delictivo" del menor. Por intentar enfrentar la realidad, sufrió las consecuencias que la representación había dictado para esos casos, es decir, una condena de 45 días de prisión y 12 meses de alejamiento del menor.

En alguna que otra ocasión he comentado que la violencia es la máxima expresión del fracaso de la educación, sea la forma que ésta adopte. Pero también lo es la falta de recursos para afrontar situaciones que requieren de algo más que un título, sea este académico o el que la naturaleza te da por un hecho biológico. Ser madre no implica saber ser madre, del mismo modo que, desde tiempo inmemorial, el hábito no hace al monje. Sin embargo, estoy absolutamente seguro de que ella lo ha intentado. Otro asunto son las trabas que, por aquello de la representación, hoy en día se imponen a tan ardua tarea.

En no pocas ocasiones se confunde castigar con corregir. Corregir es un recurso -uno más- de la educación, y así corregimos nuestra postura y la de los niños a la hora de sentarnos a la mesa, la manera en cómo se dirigen a un anciano o su mala expresión oral. Una vez hecho esto llegamos al espinoso tema de imponer. El ser humano es libre, lo que implica que en ocasiones decida abusar de su derecho, en detrimento del prójimo. En ese caso la corrección debe aumentar un grado, llegando al castigo.

Castigar es imponer -¡palabra maldita para la representación!- una pena a quien ha cometido un delito o falta. Es el final del camino y, por tanto, parte de él. Si como adultos cometemos una falta o transgredimos una norma seremos castigados. Multas, sanciones, presiones sociales y familiares o privación de libertad son algunas de las modalidades de castigo. Los que nos dedicamos a la conducta humana conocemos desde hace décadas su valor. Podemos quitar algo que es agradable o imponer algo desagradable al sujeto pero, sea como sea, el fin último es un aprendizaje.

Es por todos conocido que aquellos sujetos que no se han visto limitados en su conducta, hayan sido corregidos, hayan sido castigados por sus actos, serán adultos fracasados. Del mismo modo, sabemos que existe una edad, un punto de no retorno que, una vez superada, la posibilidad de educar la frustración, el respeto al derecho de los otros o valores como es esfuerzo o la igualdad entre sexos se hace casi imposible.

Y es entonces cuando la representación, investida de no se sabe qué legitimidad, presenta un borrador con un decreto en el que los menores de seis años que se porten mal en los centros educativos de Andalucía no podrán ser castigados por sus profesores, aquellos que son responsables de ellos durante buena parte de su infancia. No es de extrañar que la realidad le vaya entonces y le diga que sea ella la que se encargue del tirano que una vez fue su hijo.

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