Carlos Mármol

No es la torre, sino el sitio

LA Unesco no quiere la Torre Pelli. Esta vez no han sido necesarios intérpretes ni exégetas. Los expertos que vinieron a Sevilla en el mes de noviembre, gente extremadamente educada pero también bastante discreta y silenciosa (cosa que para algunos siempre resulta inquietante), lo han puesto por escrito (en inglés) y lo han remitido oficialmente a la embajada correspondiente. La misiva ha llegado a Plaza Nueva y alguno, lleno de inconsciencia, ha dado un salto de alegría: ya hay un argumento para paralizar la torre de Pelli que se alza al sur de la Cartuja. Otro sueño de Monteseirín en la picota.

Claro que la cosa dista de estar arreglada. La cuestión ahora es cómo hacerlo, si es que finalmente Zoido (a quien le corresponde tomar la iniciativa) opta por detener el rascacielos de la polémica, rival de la Giralda. No tiene más que un camino: hablar con Cajasol para encontrar un punto intermedio que consistiría en reducir notablemente la volumetría del edificio (casi a la mitad, al menos) con el fin de evitar el "sustancial e indubitado impacto" que tiene sobre el paisaje de la Sevilla histórica. De esta forma se salvaría la inversión y no se privaría al sur de la Cartuja de un foco de actividad.

Por las bravas es imposible: la licencia urbanística está en perfecto orden y revocarla sería un acto de arbitrariedad política. Además daría lugar a indemnizaciones inasumibles, aunque fueran muy inferiores a las que alguno ya había calculado antes de poner ni siquiera un ladrillo. Seguir adelante con las obras dados los duros términos del dictamen de la Unesco sería una temeridad similar a la que cometió el rector con la Biblioteca del Prado de Zaha Hadid.

Y es que la realidad tarda, pero al final se impone. La topografía suele ser tozuda. No cambia: el problema de la Torre Pelli no es sólo la superlativa escala del edificio (su diseño era el mejor de todos los posibles; sus dimensiones son discutibles), sino el enclave elegido para su construcción, cosa que sólo se explica por un factor fenicio: la venta que hizo Agesa de estos suelos públicos a los antiguos promotores de Puerto Triana. Lo mismo pasó con el campanile de Ricardo Bofill. No era la torre, sino el sitio.

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