La ciudad y los días

Carlos Colón

La trabajadera dorada

UNA ciudad en la que es noticia y suscita polémica el cese del capataz de una cofradía por incluir a dos mujeres en un ensayo de la cuadrilla de costaleros es una ciudad en la que no debería valer la pena vivir. Si para colmo entran al trapo instituciones públicas, en este caso el Instituto Andaluz de la Mujer, la cosa se pone como para coger el primer Comes que salga hacia La Línea y pedir asilo político a su graciosa majestad Isabel II. Y conste que quien esto escribe es capillita, no uno de esos sevillanos-personas del nacionalalfredismo, ni uno de esos sevillanos-brigadistas torrijianos, ni uno de esos sevillanos-camaleones (ayer rojos, hoy azules) neocom, que comparten por motivos distintos una idéntica aversión a las cofradías (sin las cuales, como es sabido, Sevilla sería mucho más moderna, abierta, productiva, multicultural, solidaria y progresista). No, quien esto escribe es un capillita tirando a rancio y tirillita, como nos saludábamos cuando me cruzaba con mi querido y siempre recordado José María O'Kean.

Aun así, no siendo nacionalalfredista, ni torrijiano, ni neocom, a este sevillano de a pie y capillita del montón le entraron ganas de exiliarse al constatar que en Sevilla se produzca, sea noticia, dé que hablar y suscite una intervención institucional el cese de un capataz por meter durante una hora a dos mujeres en el ensayo de una cuadrilla de costaleros.

Si le dicen a Olympe de Gouges, la protofeminista que en 1791 publicó la "Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana", que 217 años más tarde iba a provocar una polémica pública que dos mujeres se metan bajo unas parihuelas durante un ensayo, le parecería que sus descendientes -como le pasó a ella cuando fue guillotinada en 1793 por contrarrevolucionaria- habían perdido la cabeza. Se le pasó a Lucretia Molt y a Elizabeth Cady Stanton incluir, no la igualdad de las trabajadoras, sino la igualdad en las trabajaderas (que en aquellos años, además, sólo afectaría a las gallegas) en la agenda de la primera convención mundial de los derechos de la mujer celebrada en Seneca Falls (Nueva York) en 1848. No cayó en la cuenta Virginia Woolf de escribir, junto a Una habitación propia, Un costal propio; ni Doris Lessing de añadir La trabajadera dorada a su famoso cuaderno; ni existe un El segundo sexo escrito por una Beauvoir del costal. Pero no importa. Aquí está nuestra ciudad para luchar por el penúltimo derecho de la mujer (el último, supongo, será ser armá) y convertir en debate público e institucional el papel de las mujeres en las cuadrillas de hermanos costaleros.

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