El tránsito

Eduardo Jordá

Una trágica estupidez

HACIA 1970, la intelectualidad europea dictaminó que el mal no existía. Quien infringía la ley era siempre una víctima del sistema, un producto de una sociedad injusta y culpable, nada más. Incluso los enfermos mentales, según dictaminó un psiquiatra por entonces eminente, eran víctimas del capitalismo antes que de la locura. Y así se fue extendiendo también la idea de que los psiquiátricos eran campos de internamiento donde se torturaba a los enfermos, igual que las cárceles eran establecimientos monstruosos donde se castigaba a unos pobres inocentes. Todos los conceptos del viejo orden burgués -castigo, locura, cárcel, arrepentimiento, culpa, responsabilidad individual- fueron declarados proscritos. La culpa era colectiva, ya que toda la sociedad estaba enferma, y por tanto nadie tenía la culpa de nada.

Estas paparruchas, aunque parezca mentira, configuran el imaginario de nuestra sociedad, desde la obsesión por la eterna juventud y por la cirugía estética hasta la papanatería con que aceptamos los caprichos de unos modistos que hasta el mismo Calígula habría considerado nocivos para la moral pública. Ahora mismo, muchos programas educativos sostienen que la maldad y todas sus derivaciones (la crueldad, el sadismo, la inclinación a hacer daño, el placer de humillar a otra persona) no responden a conductas perversas, sino al dolor de una infancia desgraciada o al resultado de una mala integración social. Y cualquiera que haya pisado una facultad de Pedagogía, Psicología o Trabajo Social sabrá de qué hablo.

Lo peor de estas teorías candorosas es que han determinado la legislación penal de nuestro país. Un ejemplo. El acusado de asesinar a la niña Mari Luz Cortés había sido condenado a dos años y nueve meses por cometer abusos sexuales con su propia hija de cinco años. ¡Dos años y nueve meses! ¡Por abusos sexuales a una niña de cinco años! Y lo mejor de todo es que el tipo nunca fue a la cárcel. Nunca. Estaba en paradero desconocido, aunque todo el mundo en su barrio -y el primero, el padre de Mari Luz- supiera que era un sujeto del que nadie se podía fiar.

Todo esto es asombroso, aunque ahora se nos diga que se debió a un trágico fallo judicial. No es verdad. El fallo está en el sistema legal que sostiene la disparatada idea de que los delincuentes son víctimas antes que culpables. Es cierto que algunos delincuentes -muchos- son víctimas de unas circunstancias atroces que pueden remediarse con una buena reeducación (suponiendo que esa reeducación se ponga en práctica). Pero hay otros que son criminales peligrosos a los que no se les puede tratar con ninguna benevolencia ni con ningún candor. Y el hombre que mató a Mari Luz Cortés era uno de ellos.

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