la esquina

José Aguilar

Por qué no triunfó Arenas

POR qué no ganó Javier Arenas. Eso se siguen preguntando hoy sociólogos, analistas, contertulios y opinadores en general. El primero que se lo debe estar preguntando, y tratando de superar el desconcierto, es el propio Arenas, frenado por un electorado que creía tener totalmente predispuesto a su favor, como nunca antes en Andalucía, y que lo dejó plantado a las puertas de la tierra prometida.

Creo que todos nos equivocamos aunque ahora, a toro pasado, no dejamos de arrogarnos la capacidad de creer que sabemos por qué. Con toda humildad escribo que no detectamos lo que estaba pasando por la cabeza y el corazón de los andaluces. Ahí van algunos de los posibles factores eludidos en los pronósticos más generalizados.

No vimos que la desafección hacia el socialismo gobernante se expresó con rotundidad en las elecciones municipales y escaló su punto más álgido en las elecciones generales: había que echar al Zapatero fracasado en la percepción de la crisis económica y en la concepción de cómo afrontarla y al Rubalcaba que era su mano derecha y su heredero directo. No vimos, sin embargo, que muchos andaluces creyeron que dos castigos ya eran suficientes y que las elecciones autonómicas son otra cosa.

No vimos que en los tres meses de Mariano Rajoy en la Moncloa ha sido muy evidente la dureza de su programa manifiesto (la reforma laboral) y de su programa oculto (los recortes en los presupuestos y los que se preparan) y la brutalidad de lo que no estaba en el programa (subida de impuestos). Al vender su proyecto como la culminación en Andalucía del cambio que el PP ha traído a España, Arenas se echó encima todo ese desgaste.

No vimos que Arenas estaba haciendo una campaña plana, que rehuyó el debate con su adversario y se rodeó de los ministros más identificados con las tijeras (Montoro, Báñez). No vimos que esa misma campaña urdida por la prepotencia y el síndrome del vencedor prematuro convenció a parte del electorado de izquierdas decidido a no votar a los socialistas de que se fuera a IU y no al PP. No vimos que también dejó a parte de la clientela ya tradicional del PP, en las capitales y ciudades del litoral, en sus casas y sus ocios, ilusamente convencida de que el triunfo estaba asegurado ya antes de jugarse el partido. No vimos que en el interior de Andalucía está instalada una vieja desconfianza hacia la derecha y que mucha gente que apostaba por cambiar sintió vértigo ante la doble perspectiva del PP en Madrid y de Arenas en Sevilla y acabó insistiendo en su voto pro PSOE, aunque ocultándolo, avergonzada, a los encuestadores.

¡Qué de cosas no supimos ver! ¡Cómo nos equivocamos!

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