la ciudad y los días

Carlos Colón

El último afrancesado

IL y a cet entassement des corps dans le wagon"… Así empieza Le long voyage (El largo viaje), la primera novela que escribió Jorge Semprún. Al saber de su muerte he despertado de su sueño en la estantería mi ya viejo ejemplar francés cuyas páginas han ido amarilleando a la vez que su dueño encanecía. La escribió en su lengua adoptiva, como casi toda su obra, y me la vendió un querido amigo francés, André Duval, en Montparnasse, la librería francesa de la calle Don Remondo. Más que vendérmela, me la recomendó. André es uno de esos libreros maestros de lecturas que aman tanto los libros que parece pesarles tener que cobrarlos e intolerable que el dinero impida llevárselos. Por eso tenía el peligroso y espléndido mal hábito de abrirnos a los estudiantes cuentas que después íbamos liquidando como podíamos.

Prohibido en España como tantos otros grandes libros franceses que André nos vendía de tapadillo -L'Espoir de Malraux, Les communistes de Aragon- con Le long voyage descubrí un talento excepcional, después confirmado por la lectura de sus otros libros (sobre todo La escritura o la vida) y de las películas de Alain Resnais (La guerra ha terminado, Stavisky) o Costa-Gavras (Z, La confesión, Sección especial) cuyos guiones escribió. Que llegara a ser ministro de Cultura del segundo y tercer Gobierno de González nos pareció, a quienes desde hacía tantos años lo admirábamos, otro milagro más de la normalización democrática.

Combatiente en la Resistencia, deportado a un campo de concentración nazi, espía comunista infiltrado en la España de Franco bajo el seudónimo de Federico Sánchez, alto cargo del PCE expulsado del Partido en 1964 junto a Fernando Claudín, francés español que nunca renunció a su nacionalidad, español afrancesado que escribió casi toda su obra en francés, novelista, ensayista, articulista, cineasta y ministro de Cultura, hombre de pensamiento, creación y acción, Semprún es lo más parecido a André Malraux que haya producido España.

Aquí nunca se le quiso. Ni entre la derecha, para la que era un rojo; ni entre los comunistas, que lo expulsaron; ni entre los socialistas, que lo nombraron ministro pero le hicieron la guerra intestina, sobre todo desde el sector guerrista. Tiene razón su gran amigo Javier Solana al lamentar que España no le haya hecho justicia. En muchos sentidos tal vez fue el último afrancesado. Por eso, como tantos de ellos, ha muerto en París, lejos de un país que ayudó a ser mejor, más europeo, plural y moderno en aquellos años en los que la inteligencia y la izquierda aún no se habían divorciado.

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