la tribuna

Juan José Asenjo Pelegrina

En los umbrales del triduo pascual

CON la misa en la cena del Señor iniciaremos en esta tarde el triduo pascual. En él reviviremos, místicamente en la liturgia y con gran hermosura en nuestras calles, la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Nuestra madre la Iglesia nos invita en estos días santos a entrar de lleno en el misterio central de nuestra fe, a penetrarnos de los sentimientos de Cristo, que intuye las negras maquinaciones del sanedrín judío y la cobardía cómplice de Pilatos. La Iglesia nos invita a vivir con el Señor la intimidad de la última Cena, la angustia del prendimiento, el dolor acerbo de la flagelación, la coronación de espinas y el camino hacia el Calvario, la soledad y el abandono del Padre en el árbol de la cruz y también la alegría inefable de su resurrección en la mañana de Pascua.

Al revivir un año más los acontecimientos redentores, la Iglesia nos invita a implicarnos en el drama de la Pasión del Señor. No huyamos de él como hicieron cobardemente Pedro y los apóstoles. No nos excluyamos de él como quienes contemplan con curiosidad el espectáculo de la cruz. Es probable que muchos conciudadanos nuestros fingirán no enterarse de la epopeya renovada de la Pasión del Señor, como tantos contemporáneos de Jesús se vendaron los ojos y se taparon los oídos ante en el acontecimiento cumbre de la historia de la humanidad. Otros, sin embargo, procurarán vivir en el silencio, la oración, la penitencia, la contemplación del misterio y el calor de la liturgia esta nueva Pascua del Señor, es decir, el nuevo paso del Señor junto a nosotros.

En el momento cumbre de la historia de la humanidad hay dos personajes que viven con hondura suprema la Pasión del Señor: su madre y el apóstol San Juan. Ellos nos marcan las únicas actitudes posibles en la vivencia intensa de la Pasión en este año 2011. Ellos no huyen ni se esconden. Unidos al corazón del Cristo doliente, le acompañan en su vía crucis y permanecen valientemente en pie junto a la cruz del Cristo agonizante. Que ellos, María y Juan, nos alienten y acompañen en nuestra inmersión intensa, cálida y comprometida en los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

En ellos, Jesús nos lo da todo: su cuerpo y su sangre hasta la última gota, que quedan para siempre entre nosotros en la eucaristía. Nos deja también su testamento y el mandamiento nuevo del amor a los hermanos, especialmente a los pobres y necesitados, a todos aquellos que en esta coyuntura desgraciada de crisis económica severa han quedado en las cunetas de la vida social. El Señor nos da además a su Madre y su vida entera. Le quedaba sólo su espíritu y, antes de morir, lo pone en manos del Padre, para que se lo devuelva a los tres días, en la madrugada de la Pascua florida, para entregarlo a la Iglesia en la mañana de Pentecostés.

Este es, queridos lectores, el gran misterio que en estos días estamos invitados a vivir responsablemente, en actitud contemplativa, participando en las celebraciones litúrgicas de nuestras iglesias. Qué bueno sería que nos preparáramos reconciliándonos con Dios y con nuestros hermanos en el sacramento de la penitencia, sacramento del perdón, de la paz y de la alegría. Busquemos espacios amplios para la oración y el silencio, para agradecer al Señor su inmolación voluntaria por nosotros y el sacramento de su cuerpo y de su sangre. Visitemos con piedad y unción al Señor en los monumentos de nuestras parroquias y conventos. Acompañémosle con recogimiento y sentido penitencial en nuestras estaciones de penitencia, que no son primariamente manifestaciones culturales, ritos tradicionales llenos de connotaciones sentimentales o espectáculos de interés turístico, sino actos de piedad, de devoción, de catequesis y evangelización, y también llamada a la conversión de quienes en ellos participamos. Tomemos parte en ellos con la emoción a flor de piel, pero como complemento de una participación previa, activa y gozosa en las celebraciones litúrgicas de estos días, sobre todo del triduo pascual, que son el memorial de la Pascua del Señor.

Vamos a vivir un año más el paso del Señor de este mundo al Padre, que es al mismo tiempo el paso del Señor junto a nosotros, a la vera de nuestra vida, para transformarla, infundirle su hálito, recrearla, humanizarla y convertirla. El Señor está llamando ya a nuestra puerta. Abrámosle la cancela de nuestro corazón, de modo que quien resucita para la Iglesia y para el mundo en la Pascua florida, resucite también en nuestros corazones y en nuestras vidas. Sólo así experimentaremos la verdadera alegría de la Pascua. Este es mi deseo para todos los cristianos de Andalucía en este Jueves Santo.

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