Cuchillo sin filo

Francisco Correal

El urólogo de cabecera

DICE Proust que un porcentaje muy elevado de las enfermedades tienen su origen en la inteligencia, especialidad que desconocen la mayoría de los médicos. Maldad de quien era más que enfermo enfermizo. He tenido la fortuna de encontrarme con las excepciones a la regla. El dentista José María Llamas ama los dientes blancos y la novela negra, los rincones cubanos y los faros con oleaje. El oculista Jorge Campos Dávila es un peruano del Betis que se ha escapado de una novela de Bryce Echenique. El dermatólogo Ismael Yebra encontró el equilibrio perfecto entre el ruido de las tabernas y el silencio de los monasterios, historiador de la Alfalfa y de los lagos de Sanabria. Manuel Paz León es mi médico de familia: hermano mayor de la Bofetá -la de Malco a Jesús en presencia de Anás-, es aficionado al flamenco y a la fotografía y ambas tentaciones se juntaron una noche inolvidable para recoger una de las últimas actuaciones en directo de Juanito Valderrama. Gerardo Grau llegó a Sevilla desde la Tarraconense. Fue el elegido por el cantautor Sisa en su reencarnación cuando se convirtió en Ricardo Solfa. Una autoridad en vacunas y en ignotos paisajes asiáticos.

El otro día me enteré de la forma más cruel de que se había muerto mi urólogo de cabecera. Rodolfo Álvarez Santaló me curó una angurria, nombre vulgar de la incontinencia urinaria, con unas copas de manzanilla en el bar del hospital comarcal de Osuna. Mi continencia es todavía su mejor regalo. Le comenté la teoría de Caballero Bonald, que le atribuye a los caldos sanluqueños que le hayan curado la gota y el sentido de la autodestrucción que ha laminado a su generación del cincuenta.

En un paso de cebra confundí a Rodolfo con su hermano León Carlos, el catedrático de Historia, que fue quien me dio la noticia de la muerte del urólogo nacido en Larache. No era un médico al uso. Era un humanista en el sentido más renacentista de la palabra. Un volcán de ideas, la misma corona de pelo blanco como capitel de su cerebro, lo que me llevó al terrible error. Para una colección de estampas taurinas, nos encargó a una serie de amigos los textos. A mí me tocó Juan Belmonte con su pistola para cumplir por la tremenda la voluntad de Valle-Inclán tras la mortal cogida de Joselito. Fue mi introductor en Osuna cuando fui a entrevistar a la viuda de Pedro Garfias, el poeta que se embarcó con otros republicanos en el Sinaia en el puerto francés de Sête y que en México ganó más dinero con el dominó que con los versos.

No conozco a nadie que amara más los periódicos. Quería hacer una hemeroteca con rotativos de su Osuna adoptiva, pródiga en diarios, villa con Colegiata y puerto de mar en genial gazapo cervantino.

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