La tribuna

Gonzalo Guijarro

Los valores del tahúr

AUNQUE hace ya algún tiempo que los psicopedagogos oficiales no dan la tabarra con el asunto de que en la enseñanza los conocimientos son secundarios y lo importante es la transmisión de valores, tampoco hay motivos para suponer que hayan cambiado de opinión. Viene esto a cuento de que los valores se transmiten sobre todo con el ejemplo, y el que actualmente está dando la Administración educativa para conseguir que los claustros de los institutos voten a favor de la Orden de Incentivos -ya saben, los 7000 euros-, no pone de manifiesto precisamente unos valores excesivamente cívicos.

En numerosos institutos la directiva ha aceptado el voto delegado, es decir, el voto de claustrales no presentes en la votación, lo que va contra la ley de procedimiento administrativo. En el mío, el IES Cerro del Viento, de Benalmádena, sin ir más lejos, intentaron colarlos sin comunicarlo a los claustrales, y sólo mi solicitud de cotejar la lista de presentes con el número de votos impidió la irregularidad.

En numerosos institutos en los que el No había ganado por escasos votos se ha forzado la convocatoria de un nuevo claustro y una nueva votación. Es de imaginar la presión a que se somete entretanto a los profesores para que cambien el sentido de su voto. En otros se han contabilizado los votos nulos y las abstenciones como síes.

En numerosos institutos la directiva ha obligado a votar a mano alzada, cuando basta con que uno solo de los presentes solicite votación secreta para que así deba hacerse.

Al menos en un instituto, el IES Licinio de la Fuente, de Coín, Málaga, se ha hecho votar a los profesores antes de que se publicara la orden, lo que atenta contra el principipo de legalidad.

La Consejería ha hecho saber que los centros que se acojan al plan tendrán preferencia a la hora de conseguir que se les asignen profesores de apoyo, desdobles y otras ventajas, lo que constituye un criterio extraacadémico inadmisible y un chantaje a los docentes. Como consecuencia de tal criterio, los alumnos gozarán de mejores o peores condiciones de enseñanza en virtud de la sumisión o no de sus profesores.

Por último, ante el abrumador rechazo que la orden está cosechando en Secundaria, la Consejería ha decidido cambiar las reglas sobre la marcha, para ver si así consigue arañar algún Sí y queda algo menos en evidencia. Me refiero a que, pese a que en la orden se requería explícitamente una mayoría de al menos dos tercios de los votos para acogerse al plan, ahora dicen que si no se alcanzan los dos tercios por décimas, también se acepta como Sí. Semejantes redondeos no se han aceptado jamás en ningún recuento con carácter oficial, pero, al parecer, la irrefrenable creatividad de la Consejería de Educación no se arredra ante la mera matemática.

Conviene recordar también que el cuerpo docente de Secundaria es el más castigado por el estrés y la depresión de origen profesional, y el que mayores desautorizaciones ha sufrido en su labor por parte de las autoridades educativas; recordemos los repetidos mensajes surgidos de los expertos oficiales acusándoles de falta de preparación o vocación. No deja de llamar la atención que sea precisamente a ese colectivo al que, una vez más, se acusa implícitamente en la orden de ser el responsable del actual desastre educativo andaluz, enfrentándole de paso a la disyuntiva de mejorar las estadísticas o no cobrar un incentivo. Incentivo que pretende, además, sustituir a la legítima homologación salarial.

En todo caso, a pesar de todas estas irregularidades y presiones, más del 86 % de los institutos han dicho No a la orden de incentivos, poniendo así de manifiesto que los profesores dan más valor a su dignidad y a la función social de su trabajo que al dinero. Y eso a pesar de que han perdido más de un 20 % de poder adquisitivo en los últimos años. Justo al contrario que los políticos de la Consejería, que han elaborado este plan con la clara finalidad de que los docentes les arreglaran las deplorables estadísticas que han logrado a base de transmitir "valores" en lugar de conocimientos. Por cierto, que a sus asesores psicopedagógicos no se les ha escuchado ni la más mínima crítica a esas bochornosos intentos de torcer el voto de los profesores; se conoce que en esa escala de valores que, según dicen, tan importante es transmitir a los alumnos, el dinero está por encima de todo. Y el salirse con la suya a costa de lo que sea, también. Aunque para ello haya que jugar con ventaja.

Habremos de concluir, pues, que los tan cacareados valores a transmitir con que se llenan la boca los psicopedagogos autodenominados progresistas no son otros que los del tahúr.

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