La esquina

josé / aguilar

Los vascos y la independencia

CON respecto al País Vasco acertamos en una cosa y nos equivocamos en otra. Acertamos en que el Estado democrático derrotaría finalmente al terrorismo si era capaz de enfrentarlo con determinación y unidad. Erramos al creer que, liberado del azote terrorista, el nacionalismo alcanzaría tal pujanza que, reunificado sin el trauma de la violencia, se acercaría a su objetivo último de independencia y secesión.

Esto último no se ha producido. Todo lo contrario. El Partido Nacionalista Vasco se ha hecho con el poder de los ayuntamientos de las tres capitales y con las tres diputaciones forales, pero eso no se ha traducido en un recrudecimiento de la pulsión separatista. No hay ocasión solemne en que sus dirigentes no reivindiquen la realidad nacional de Euskadi, ciertamente. Sin embargo, no cesan de atemperar sus exigencias y moderar su política. Su pragmatismo contrasta con el salto al vacío del nacionalismo catalán, pragmático por excelencia durante treinta años.

La reconversión no es caprichosa ni producto del azar. Deriva del cambio experimentado por la sociedad vasca, normalizada tras el final de ETA. Despojados del chantaje etarra y su devastador efecto en la moral colectiva, los vascos se descubren a sí mismos como un pueblo desarrollado, moderadamente satisfecho con su nivel de vida, en el que se mantiene sin dramatismo la división a partes iguales entre nacionalistas y no nacionalistas y consciente de que disfruta de una financiación privilegiada por motivos históricos.

Lo dice y lo repite cada Euskobarómetro de la Universidad del País Vasco. El último, conocido el viernes pasado, indica que el 30% de los ciudadanos manifiestan "grandes deseos" de independencia y el 29% "ninguno", un 27% cree que viviría mejor en una Euskadi independiente y un 29% que viviría peor y, en consecuencia, prefiere continuar con la autonomía (35%), antes que en un sistema federal (29%) y en un Estado separado de España (25%). El PNV, que es hegemónico porque está mejor enraizado que ningún otro partido en el tejido social vasco y sintoniza con los anhelos populares más profundos, ha tomado nota y actúa en consecuencia. Quizás le gustaría ir más lejos, pero sabe que no hay masa crítica para avanzar hacia un objetivo último que no oculta.

Si Artur Mas fuera inteligente, en vez de astuto, miraría hacia el oeste. Claro que ya es demasiado tarde para la lucidez.

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