La ciudad y los días

carlos / colón

La verdad en unos ojos

EN sus ojos, durante el traslado del Cristo del Calvario a su altar de quinario, estaba todo lo que en la Semana Santa es importante y no sólo urgente; fin y no sólo medio; esencial y no sólo accesorio. Se le desbordaban lágrimas que por pudor no quería llorar viendo a su hijo llevar al Cristo que tantas veces llevó su marido. Era como si todos días sin él, fallecido demasiado pronto, se le hubieran agolpado de pronto en los ojos. Pero era, también, como si la severa y serena imagen fuera el testimonio incontrovertible de que hay una ternura y una bondad que nos aguardan más allá de la muerte. Había consuelo y confianza en el brillo de esos ojos, no sólo dolor y tristeza. Había acompañamiento y una intensa comunión de amor entre los vivos y los muertos, no sólo soledad.

En las cosas de la Semana Santa hay que diferenciar entre lo urgente y lo importante, los medios y los fines, lo secundario y lo esencial. Urgente la falta apremiante de lo necesario para algún negocio; importante es lo de mucha entidad o consecuencia. Medios son las cosas que pueden servir para un determinado fin; y fin es el término o consumación de algo, aquello a cuya consecución se dirigen la intención y los medios. Accesorio es lo segundo en orden; y esencial es lo sustancial, lo principal, lo que constituye la naturaleza de las cosas, lo más importante en ellas.

Lo más urgente ahora en la Semana Santa es tener claro qué es lo importante en ella. O, dicho de otra forma, porqué es importante en nuestras vidas e incluso si lo es o no; si nos jugamos algo decisivo en ella o no; si tiene consecuencias sobre nuestras existencias cotidianas o no; si las imágenes son sagradas o sólo maniquíes de la pasarela prioste; si capataces, costaleros y bandas sirven a las imágenes o se sirven de ellas para su propio lucimiento (progresivamente basto y cateto, además, por haber perdido su referencia); si informar sobre ella es tratar con seriedad de lo relevante o ganar lectores y audiencias pagando el alto precio del chismorreo y la trivialización; si vestirse de nazareno tiene algo que ver con lo que Juan Sierra escribió en El esparto y Rafael Montesinos en El rito y la regla o disfrazarse en un carnaval que utiliza las imágenes sagradas como si fueran gigantes y cabezudos. Porque si esto no se tiene claro se pueden producir espectáculos tan penosos como el que se está dando en torno a la Madrugada.

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