Alto y claro

josé Antonio / carrizosa

Nos hemos vuelto locos

SI a finales del siglo XX alguien nos hubiera dicho que bien entrada la segunda década del XXI íbamos a estar planteándonos cómo garantizar que nuestros escolares puedan hacer tres comidas diarias o que estábamos condenados a soportar más de seis millones de parados o un desempleo que en Andalucía afecta al 66% de nuestros jóvenes entre 18 y 25 años, le habríamos dicho al visionario que se había vuelto loco. Hubiésemos acertado. Este país parece que ha perdido o la razón o que algunos se la han hecho perder. Hemos sacrificado el bienestar de todo un pueblo, los horizontes vitales de una generación y hemos hipotecado el futuro en aras de conseguir unos objetivos de reducción del déficit impuestos desde fuera y que además es imposible que alcancemos. España se ha hecho el harakiri y todavía no sabemos para qué. Cierto que se cometieron disparates durante muchos años y que aquí se pensó que las vacas gordas no iban a adelgazar nunca; cierto también que se vivió una especie de desenfreno colectivo de nuevo rico al que nadie quiso poner coto. Pero el precio que nos han hecho pagar a todos por los excesos que cometieron algunos es demasiado caro y el castigo impuesto a todas luces desorbitado.

Claro que no había más remedio que corregir y ajustar, que pinchar la burbuja inmobiliaria, adelgazar el exceso de lo público o acomodar las estructuras del país a lo que por PIB o por competitividad podíamos permitirnos. Pero se ha ido mucho más allá. Hemos dejado que desde Berlín o Bruselas se nos dictara el desmantelamiento de todo lo que se había logrado con el esfuerzo de más de medio siglo de progreso. Y lo hemos hecho sin inmutarnos. Se ha golpeado sin piedad a las clases medias que eran la base de nuestro tejido social y gracias a las que habíamos logrado cotas de progreso que nuestros padres no se podían ni imaginar. Se ha desmontado un sistema de protección social que había universalizado una sanidad de calidad y una educación pública que, con sus cosas buenas y otras muchas mejorables, cumplían una función básica. No era un lujo excesivo a pesar de lo que nos han querido vender. Pero también, y quizás sea hasta más grave, se ha dinamitado la confianza los ciudadanos de este país en sí mismos y en sus posibilidades de dejar a sus hijos una sociedad mejor.

El balance de todo lo que ha pasado son los más de seis millones de tragedias que reflejaba la Encuesta de Población Activa hecha pública el jueves o los datos estremecedores con los que nos golpea Cáritas cada poco tiempo. El edificio se ha derrumbado y estamos debajo de los escombros. Algún día se aclarará el panorama y las aguas empezarán a volver a su cauce. Pero para millones de españoles será ya demasiado tarde. ¿Alguien duda de que nos hemos vuelto locos?

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